¿Existe un futuro?


Medios masivos de comunicación como Internet, de entretenimiento como la televisión, de transporte como los automóviles, electrodomésticos que nos facilitan el día a día… progreso.

Sin duda alguna, todos los avances científicos y tecnológicos de los que dispone el ser humano representan la culminación de una etapa evolutiva que ha transcurrido durante millones y millones de años. Y todos ellos han surgido en la última millonésima parte en la que podemos dividir el tiempo desde que los primeros humanos se distanciaron del resto de homínidos hasta la actualidad.

Pero, entre tanta agitación evolutiva en la que el ser humano tanto ha obtenido, también se han dejado escapar una cuantía inimaginable de cosas. Estamos en un mundo en el que los seres humanos podemos vivir sin preocuparnos diariamente de esas necesidades primarias como puede ser tener que obtener cada uno su propio alimento, o construirse uno mismo un refugio donde alojarse. En nuestra sociedad, ya hay gente destinada a ocuparse de esas tareas para que el resto pueda ocuparse de otras y construir así una comunidad eficaz en la que cada uno tiene un propósito y un deber para con el resto de ciudadanos. Y ésta ha sido la clave a través de la cual en una sociedad, han quedado individuos exentos de estas ocupaciones como son obtener recursos para saciar el hambre y conseguir un refugio, de tal manera que han podido dedicarse con más desahogo a otros menesteres, como el arte, la filosofía, la ciencia o la tecnología.

En el presente, la inmensa mayoría de nosotros vive en núcleos urbanos junto a otros miles o incluso millones de semejantes, donde cada uno realizamos nuestra labor social. En estos cúmulos poblacionales contamos con infinidad de comodidades que nos facilitan la vida; como los enormes edificios donde vivimos, dotados con electricidad, agua potable, etc.; o las calles perfectamente asfaltadas por donde circulan nuestros coches para que no tengamos la obligación de ir caminando de un sitio a otro. Y es la naturaleza social del hombre la que ha permitido este colosal progreso del que hasta hoy nos lucramos.

Sin embargo, todo este desarrollo de la civilización está conllevando progresivamente un mayor sacrificio de la faceta más natural del ser humano. A medida que el progreso avanza y la sociedad dispone de tecnologías más sofisticadas, el ser humano se desliga de la naturaleza, hasta el punto de actuar en su contra, perjudicándola y tratándola con desprecio. ¿Se ha de llamar, también a esto, progreso?

Efectivamente, el ser humano es un animal especial, diferente al resto. Gracias a esa capacidad innata de crear y aprovechar los recursos ambientales se ha coronado como el ser más poderoso del planeta Tierra.

Y como animal diferente, actúa de manera diferente.

Las ya conocidísimas y generalmente aceptadas teorías de Darwin postulan que el éxito en la supervivencia de una especie depende de su capacidad para adaptarse al medio en el que vive. El hombre, por su parte, ya no se adapta al medio en el que vive. El hombre adapta el medio en el que vive a sí mismo, conforme a sus necesidades. Es lo que se denomina capacidad técnica.

Esta dimensión en la esfera humana requiere sin lugar a dudas especial atención, ya que puede ocasionar (de hecho, ocasiona) multitud de cambios en nuestro medio que si bien a priori son favorables para nosotros, pueden ir en perjuicio de otros organismos terrestres y de la propia Tierra. No hace falta citar casos de los miles y miles de especies que se ha extinguido gracias a la actividad humana ni citar ejemplos de esos enormes impactos medioambientales que estamos provocando. Nos encontramos ante la sexta gran extinción masiva en la historia de la vida en la Tierra, y somos los únicos y exclusivos responsables de ella.

Y el gran problema, aparte de lo ya citado, es que este aprovechamiento ‘a nuestro favor’ del medio ambiente nos está perjudicando a nosotros mismos. Sí, nuestra adaptación del ambiente se está volviendo en nuestra contra dado que, a pesar de nuestra gran capacidad intelectual respecto a los demás seres terrestres, dependemos del planeta que estamos deteriorando tanto como ellos. Y esto es algo que no se tenía en cuenta hasta hacebien poco. Y sin embargo, a pesar de tener consciencia del daño que nos estamos haciendo a nosotros mismos y a nuestros descendientes, no parece que tengamos la iniciativa de intentar cambiar absolutamente nada de lo que estamos haciendo. Recae sobre nosotros la responsabilidad sobre el futuro ya no solo de la Humanidad, sino de toda la vida conocida en el Universo, la existente en nuestro planeta.

Mientras nuestros gobiernos de jactan de hacer campañas de sensibilización ciudadana y de promover alternativas a favor de obtener un desarrollo sostenible, ellos continúan sin hacer prácticamente nada en contra de esta barbarie. Está claro que ninguno de sus teatrillos, como las reuniones del G-8 o el Protocolo de Kyoto, están dando resultados. Al contrario. Estados Unidos sigue siendo el responsable, como mucho antes de haberse promulgado la creación del Protocolo de Kyoto, de emitir a la atmósfera más de la cuarta parte de las emisiones del dióxido de carbono mundial. Mientras, por su parte, China e India multiplican exponencialmente su nivel contaminación industrial como consecuencia de su imparable desarrollo económico.

¿Y cómo se puede acabar con todo esto? ¿De quién depende?

Evidentemente, los gobiernos actuales poco dispuestos están a tomar medidas ante este cataclismo a nivel mundial. Pero cada uno de nosotros, individualmente, podemos reflexionar acerca de nuestro futuro, cada vez menos lejano, y responsabilizarnos sobre lo que consumimos y a quién elegimos para nuestra representación política. O, por otra parte, podemos mirar hacia otro lado haciendo caso omiso del nefasto devenir que concierne a todo modo de vida existente, mientras la Tierra llora.

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