Sombreros Blancos, psicosis del 11-S en EE.UU.

Daniel Patrick Welch | Global Research

Cuando Lois Griffin es elegida alcaldesa de Quahog sacando provecho de las referencias más estúpidas y sin sentido del 11 de septiembre, el público ovaciona. Pero cuando ese mismo escenario se vuelve a repetir una y otra vez en un intento, en gran parte exitoso, de separar a las personas de su intelecto, su conciencia y su instinto de supervivencia, al parecer, nadie sabe ni siquiera lo que está pasando. “¡Nunca olvides!”, gritan los patriotas que agitan sus banderas y las porristas del imperio, como si tal cosa fuera hasta posible.

En los últimos 10 años, cada marcha hacia la Guerra, cada zona permitida para expresarse con libertad (Free Speech Zone), cada paso en la criminalización de la disidencia —todo esta historia se ha realzado, en cada oportunidad, por la repetición sin sentido y la amenaza empapada de temor y fascismo del no preguntar y ni siquiera pensar demasiado profundamente porque “el 11 de septiembre cambió ‘todo’”. Hay una historia tajante y escalofriante que circula por redes sociales (facebook) y otros foros en internet, asociados ya sea a palestinos o a algunas otras víctimas de la furia que el imperio ha descargado para vengar los sucesos de aquel día: “Su 11 de septiembre son nuestros 365 días del año”.

Sin embargo, para los estadounidenses es tal la falta de capacidad para la introspección que al parecer preferimos continuar considerándonos víctimas eternas en lugar de considerarnos iniciadores de una guerra de locos tras otra. En todos los desfiles, los aplausos y toda esa ceremonia y solemnidad de felicitarse a sí mismos con la cual los estadounidenses nos saludábamos por el supuesto asesinato de Osama Bin Laden (aunque considerado un horror por gran parte del mundo), ni siquiera hubo un resquicio de alguna esmerada introspección que uno esperaría de los adultos. En su lugar, parecía existir esta constante recapitulación de la escena de Padre de Familia mencionada anteriormente. No se hacían preguntas, no hubo movimiento eficaz alguno contra las guerras ni interés real alguno en absoluto para luchar por las futuras consecuencias de las acciones de nuestro gobierno. Nada, realmente, más allá de la pregunta desechable: “¿Cuánto costará para sentirnos a salvo otra vez…?”

Es una época verdaderamente depresiva y espantosa para estar vivo. El sistema político está  tan retorcido que los dos partidos políticos del monopolio de los Estados Unidos de América, quienes fingen representar diferentes intereses, están en complicidad con toda la mayor parte de los asuntos más esenciales del día al servicio de los intereses corporativos que pagan sus elecciones. Peor, el electorado aún no se ha dado cuenta, sería poner énfasis en la jactancia más famosa y premonitoria de todos los tiempos de Jay Gould, la cual expresaba que él “podía contratar a una mitad de la clase trabajadora para que mate a la otra mitad”. En efecto, el pueblo está tan engatusado que el círculo político continúa tranquilo, haciendo hincapié en distracciones insignificantes, que no vienen al caso, como por ejemplo, el límite de endeudamiento y la reducción del déficit (¡mientras seguimos gastando más en guerra que todos los demás países del mundo combinados…!). Peor aún, la tan llamada “Izquierda” permite que un presidente Demócrata la arrulle para dormir, un hombre negro aunque parezca increíble, cuyas acciones habrían sido rotunda y correctamente opuesta si hubiera una R después de su nombre en lugar de una D. Qué farsa.

Pero no adelantemos acontecimientos. Cuando la historia se repite, un famoso alemán dijo una vez, sucederá como una tragedia antes que una farsa. Y nosotros estamos tan profundamente bañados en la sangre de muertes y sufrimientos innecesarios que nuestros gobiernos han causado en el nombre de la venganza del 11 de septiembre que sería impertinente pasar por alto la enorme tragedia que todavía no ha terminado. Más de un millón de personas han sido asesinadas en busca de nuestra aparentemente insaciable sed de matar. Es como si los estadounidenses, completamente convencidos de que  somos los buenos de Sombreros Blancos, no tuviéramos la más mínima idea en absoluto de escala o balance. Desde un punto de vista general, y con, incluso, una mirada superficial a los archivos, es terriblemente evidente que la destrucción causada por la política exterior de los Estados Unidos hace que cualquier destrucción hecha en nuestro país parezca totalmente más pequeña. Pero naturalmente siempre ha sido cierto que los objetivos del imperio flotan en ríos de sangre —no aquellos de los mismos imperialistas. Como Robert Emmet dijo acertadamente al juez que lo sentenció a muerte:  “…si fuera posible juntar toda la sangre que usted ha derramado en su ministerio impío en un reservorio,  Su Señoría podría nadar en el”.

Libia es el último boleto que se perforará en el Viaje de Estados Unidos al Infierno en el Plan de Financiación. El bombardeo excesivo con bombas teledirigidas estadounidenses  sobre  otro país soberano en realidad comenzó a perder validez por un momento. El relato de la OTAN sobre el asesinato del nieto y el yerno de Gaddafi fue en realidad para comenzar a imponerse y causar tensión entre los aliados de la OTAN. Mmm… algunos comenzaron a pensar finalmente. Quizá tal barbaridad es un poco impropia para los herederos de la grandiosa tradición de Civilizar a los Nativos. De hecho, me acababa de sentar para  escribir un artículo cuando toda la línea argumental se vio interrumpida tras el anuncio de emergencia del asesinato de Bin Laden y de  los demás que vivían en el complejo habitacional.

Así que con la nueva inspiración proveniente del cowboy y la súper venganza de la matanza del 11 de septiembre (quien, según el FBI, no pudo ser enjuiciado por falta de pruebas), el bombardeo de Libia se reanudó formalmente. No cometan errores —la OTAN necesitaba totalmente cada gota de ayuda política, logística y financiera que obtuviera de los estadounidenses. Los militares de Estados Unidos estuvieron involucrados en prácticamente cada paso del horrible proceso —esta era la guerra de Obama, con una huella estadounidense intencionadamente oculta. Los únicos engañados, como se puede apreciar, terminan siendo los estadounidenses y los europeos. 30.000 bombas cayeron como lluvia torrencial sobre Libia entre marzo y, bueno, aún siguen cayendo, ¿lo sabían? Matando a quizás otras 60.000 personas para agregar a la lista de víctimas mortales de guerra causadas por el imperio. Es simplemente impropio llorar por las muertes de una manera tan sensiblera y a la vista de todo el mundo cuando los negros en Libia están siendo acorralados, torturados, ultrajados, encarcelados y asesinados por matones representantes de los Estados Unidos. Una vez más, decenas de miles de personas incineradas desde el aire mientras defienden a su país, más de 50.000 soldados estadounidenses asesinados en Vietnam (y absolutamente poco más  de 2 millones de personas del sudeste asiático que murieron allí). Pero claro, son solamente “nuestras” muertes las que cuentan —este es el mundo de fantasía de las personas que siempre creen ser los que usan el Sombrero Blanco. Pero si los lectores amablemente se animan a tolerarotra cita más de Padres de Familia, mencionaré la de Stewie: “ ¡Algún día… recibirás tu merecido!”.

Fuentehttp://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=26684

Texto original en inglés9/11 and Americans’ Remarkable Incapacity for Self-reflection

Traducido por Silvana Mellino

© 2011 Daniel Patrick Welch. Se permite la reimpresión con reconocimiento y enlace a http://danielpwelch.com.

Daniel Patrick Welch : Cantante, lingüista y activista Daniel Patrick Welch vive y escribe en Salem, Massachusetts, con su esposa, Julia Nambalirwa-Lugudde. Juntos administran la escuela The Greenhouse School [http://www.greenhouseschool.org]. Existen traducciones de los artículos disponibles en más de 24 idiomas. Se agradecen los enlaces al sitio de red.

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Desfachatez de los líderes occidentales ante la intervención de Ahmadineyad en la ONU

La Inquisición – 24/09/2011

Este jueves, el líder iraní Mahmud Ahmadineyad intervino en la Asamblea General de las Naciones Unidas (un foro en teoría plural e internacional) para aportar su perspectiva sobre las circunstancias políticas internacionales, una visión que difiere mucho de la que por aquí se halla establecida.
En su línea, Ahmadineyad atacó a Washington responsabilizando a los políticos estadounidenses de las guerras de Irak y Afganistán y de haber utilizado los atentados del 11 de septiembre como excusa para emprender su cruzada geoestratégica. Calificó a las potencias occidentales de arrogantes e hipócritas y las acusó de ser las responsables de la recesión global y de las desigualdades sociales. También cargó contra los responsables de la presión que sufrió su país ante la realización de una investigación que trataba de destapar las mentiras relativas al 11 de septiembre de 2001.
Pues bien, ante las palabras de Ahmadineyad, los representantes de EE.UU., así como de la Unión Europea, abandonaron la sala en un acto de descaro y censura considerable teniendo en cuenta el carácter que teóricamente tiene la asamblea. Por lo visto, solo las palabras que no desentonan tienen lugar en los foros de una organización que cada vez exhibe más su parcialidad. El representante estadounidense ya no se limitó a agachar la cabeza ante las críticas como bien hizo hace un par de días ante las palabras de Evo Morales. Ante Irán la actitud que se adopta es de total censura y falta de respeto hacia un estado mucho más legítimo que otros que controlan directamente la ONU y la utilizan como instrumento para conseguir sus intereses.
Como “palabras inaceptables” calificaron los representantes franceses los juicios del líder iraní, tras haber abandonado la sala. Otras fuentes europeas afirmaron también que tenían acordado abandonar la sala si Ahmadineyad traspasaba la “línea roja”, y ésta era el no reconocimiento de Israel como estado.
Cada vez se evidencia más cuán institucionalizada está la doctrina unipolar que impera en nuestro mundo. La falta de pluralidad en la ONU, la censura ante unas declaraciones que atacan un sistema podrido, ante el ejercicio del derecho de un país soberano a reconocer a los estados que le dé la gana, de ser energéticamente autónomo… No hay lugar para Irán en la Organización de las Naciones Unidas, ni para ningún otro país que ose cuestionar la actividad estadounidense ni israelí. La ONU es una organización dirigida por y para quienes dirigen en Nuevo Orden Mundial, la misma élite que perpetra las guerras y planifica la miseria humana. Los mismos inquisidores que no tolerarán una palabra “subida de tono”, ninguna polémica sobre los mitos sobre los cuales se asientan el sionismo y el imperialismo yanqui.

Evo Morales opina que la ONU necesita ser reformada

RT – 22/09/2011

El presidente de Bolivia, Evo Morales, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU criticó severamente el sistema de funcionamiento actual de la organización. Opinó que el Consejo de Seguridad sirve a los intereses de países imperialistas y que para sus oponentes, en realidad, es el consejo de inseguridad.

Morales indicó que el Consejo de Seguridad inicia operaciones militares, como la de Libia, comentando: “¿Cómo puede haber una paz duradera con intervenciones militares?” El mandatario opinó que la verdadera razón de estas acciones es el deseo de apoderarse de los recursos naturales de otros países, especialmente de los que no son capitalistas ni imperialistas.

En lo que toca a esta cuestión, Morales compartió la experiencia de su país, indicando que la decisión de nacionalizar los recursos naturales aumentó en casi siete veces las reservas internacionales de Bolivia, de 1.700 millones de dólares a 11.700 millones.

Al concluir su intervención, el presidente reiteró sus palabras sobre la necesidad de reformar el sistema de trabajo de la ONU, para que ésta “sea la máxima instancia para la resolución en tema de paz, en tema de pobreza, en tema de dignidad y de soberanía de los pueblos del mundo”.

Fuentehttp://actualidad.rt.com/actualidad/internacional/issue_29982.html

Los atentados del 11-S: ¿una excusa perfecta?

Redacción: Atilio A. Boron | Rebelión

Cumplidos los diez años de los ataques del 11 de Septiembre del 2001 a las Torres Gemelas y al Pentágono son cada vez más las preguntas que aún están a la espera de una respuesta convincente. La reciente conmemoración de un nuevo aniversario no hizo sino acrecentar la sospecha de que hay mucha información de gran importancia que no ha sido puesta a disposición del público, y que un imponente operativo de ocultamiento de lo que verdaderamente ocurrió se puso en marcha desde el mismo día de los incidentes.

No obstante, más allá de esta percepción lo cierto es que los acontecimientos del 11/S signaron el comienzo de una nueva etapa en la historia del imperialismo, caracterizada por una militarización sin precedentes de la escena internacional que instaló a la diplomacia en un lugar subordinado al estruendo de las bombas y las mortíferas estelas de la cohetería. Podría decirse, sin exagerar un ápice, que de aquella sólo sobrevive la pompa y el protocolo porque su sustancia y su agenda la definen hoy día los señores de la guerra. Esto es más que evidente en el caso de los Estados Unidos, donde el desplazamiento del Departamento de Estado a manos del Pentágono abona con elocuencia lo que venimos diciendo. Corolarios de esta tendencia son la adopción de una nueva doctrina estratégica: la “guerra infinita”, o la “guerra global contra el terrorismo” sin enemigo claramente definido ni plazo previsible de terminación de las hostilidades; la reafirmación de la primacía del “complejo militar-industrial” en el bloque dominante, cuya sobrevivencia y cuya tasa de ganancia dependen sin mediaciones del negocio de la guerra; y la impresionante escalada del gasto militar estadounidense que, sumando todos sus componentes, acaba de superar holgadamente el millón de millón de dólares –o un billón de dólares- cifra que hasta apenas unos pocos años atrás era considerada como inalcanzable por los expertos en cuestiones militares. El enigmático 11-S precipitó todas estas calamidades. A los cerca de tres mil muertos de ese día en Nueva York (es muy poco lo que se sabe de las víctimas del atentado al Pentágono y la caída del avión que se dirigía a Camp David) hay que agregar los casi seis mil quinientos soldados estadounidenses caídos en las guerras desencadenadas para “combatir al terrorismo islámico” en Irak y Afganistán y, por supuesto, los centenares de miles masacrados sobre todo en el primero de los países nombrados. Incidentalmente: el costo de esas dos guerras medido en valores constantes asciende a un número que es casi el doble del que se alcanzara la guerra de Vietnam. Si Osama Ben Laden quería desangrar económicamente a Estados Unidos hay que reconocer que ese objetivo ha sido logrado en buena medida.1 En esta misma línea Noam Chomsky observó que según Eric Margolis, un experto en el tema, Osama había afirmado en numerosas ocasiones “que el único camino para sacar a EEUU del mundo musulmán y derrotar a sus sátrapas era involucrar a los estadounidenses en una serie de pequeñas pero onerosas guerras que les llevaran finalmente a la bancarrota … ‘Sangrar a Estados Unidos’, en sus propias palabras”.2

Al luctuoso saldo arriba descripto deberían añadirse las ochocientas mil víctimas ocasionadas por el bloqueo decretado en contra de Irak luego de la primera Guerra del Golfo (Agosto 2, 1990 – Febrero 28, 1991), bloqueo iniciado por el gobierno conservador de George H. W. Bush padre y continuado por la administración “progresista” de Bill Clinton. Interrogada sobre si este silencioso holocausto que precedió al 11-S en Irak había valido la pena -a pesar de que en su gran mayoría las víctimas habían sido niños- la ex Secretaria de Estado de Clinton dijo sin titubear que sí. Luego de los atentados Washington no tardó en identificar a sus autores como perteneciendo a Al Qaida y casi todo el mundo musulmán se convirtió en sospechoso mientras no probara lo contrario; el jefe de esa organización, un antiguo colaborador de la CIA en Afganistán, Osama ben Laden, fue declarado enemigo público número uno de Estados Unidos y del “American way of life” y, para sorpresa de los entendidos, el odiado enemigo de Osama, Saddam Hussein, aparecía ahora en los comunicados de Washington como su aliado y protector en un Irak que, a juicio de la Casa Blanca, disponía de un mortal arsenal de armas de destrucción masiva.

Decíamos que las interrogantes son muchas, lo que ha dado lugar en los últimos años a la proliferación de una serie de explicaciones alternativas que ganan cada vez más adeptos.. Encuestas levantadas en los últimos años coinciden en señalar que uno de cada tres estadounidenses creen que los ataques del 11-S fueron elaborados y/o ejecutados con la complicidad de funcionarios del gobierno federal (militares, CIA, FBI u otra organización); un 16% cree que las Torres Gemelas y la torre número 7 -¡que no fue atacada por ningún avión y sin embargo se derrumbó en horas de la tarde!- fueron demolidas con explosivos y un 12% cree que fue un misil tipo crucero lo que impactó al Pentágono. Por supuesto, hay un verdadero aluvión de datos en una y otra dirección que se han puesto en juego para justificar estas interpretaciones. Y si bien algunas de ellas fueron refutadas, las preguntas que quedan en pie tienen suficiente espesor como para alimentar todo tipo de conjeturas.

Sucintamente, las versiones más verosímiles de las teorías alternativas (que no por casualidad la prensa del sistema estigmatiza como “conspirativas”) insisten en señalar que si bien las torres fueron embestidas por dos aviones comerciales la forma en que se produjo su desplome –el ángulo de la caída, su velocidad, existencia de residuos de explosivos entre los escombros- se encuadra nítidamente en lo que se conoce como “demolición controlada.” El sitio web de un numeroso grupo de expertos reunidos en una asociación denominada “Académicos por la Verdad del 11-S” observa que según lo declarara una experta en ingeniería mecánica, la profesora Judy Wood, si alguien hubiera arrojado una bola de billar desde el techo de las Torres Gemelas hubiera demorado 9.22 segundos en llegar al piso. Las torres, en cambio, recorrieron ese mismo trayecto en 8 segundos, lo que hubiera sido imposible de no haber mediado una explosión en sus propios cimientos.

Más todavía: siempre se habla de las Torres Gemelas, pero la prensa y la versión oficial del gobierno norteamericano omite el hecho de que el Edificio Nº 7 del complejo del World Trade Centertambién se desplomó. Este misterioso suceso ocurrió a las 4.56 pm del mismo 11-S, es decir unas ocho horas después del derrumbe de las Torres Gemelas y sin que hubiera sido impactado por un avión. Ese edificio albergaba, entre otras agencias del gobierno federal, algunas oficinas del Servicio Secreto, de la CIA, del Servicio de Impuestos Internos y la unidad de lucha contra el terrorismo de la ciudad de Nueva York. La forma como se derrumbó, otra vez, se ajusta nítidamente al modelo de la “demolición controlada”.

No son menores las dudas que suscita lo ocurrido en el Pentágono, donde el avión que supuestamente se incrustó en sus paredes prácticamente se pulverizó en el aire, y sin haberse encontrado ningún resto significativo ni de sus motores, sus alas, la cola y su tren de aterrizaje. Tampoco se encontraron restos de las butacas o de los cuerpos de los pasajeros, todo lo cual abonaría la teoría de que, en realidad, lo que impactó sobre el Pentágono fue un misil crucero. Todas estas hipótesis, que contradicen la versión oficial de Washington, fueron ganando credibilidad por la acción del ya mencionado grupo de académicos y en el cual revistan ingenieros, arquitectos y científicos de diferentes especialidades que coinciden en señalar que la caída de las torres y el edificio Nº 7 remiten indiscutiblemente a la existencia de explosivos que fueron estratégicamente colocados en los cimientos de esas instalaciones, con lo cual se abre el interrogante de cómo tal cosa fue posible en edificios sometidos a rigurosísimos controles de acceso imposibles de sortear sin alguna forma de cooperación con quienes tenían a su cargo la seguridad del edificio.

Otros antecedentes son igualmente inquietantes: ¿es razonable pensar que 19 ciudadanos extranjeros –la mayor parte de los cuales tenían pasaportes o visas vencidas, hubieran podido todos ellos ingresar armados a cuatro aviones comerciales? ¿Cómo interpretar el hecho de que en los meses anteriores al 11-S la fuerza aérea estadounidense hubiera realizado 67 intercepciones exitosas de vuelos ilegales y errantes y sin embargo en ese aciago días 4 aviones pudieron salir de su curso sin que ninguno fuera interceptado. El que supuestamente habría impactado en el Pentágono se mantuvo fuera de su ruta durante un lapso de 40 minutos sin que hubiera sido interceptado por ningún avión caza norteamericano.

Las preguntas y los cuestionamientos serían interminables. Y la larga tradición de engaños y ocultamientos de Washington excita la imaginación de los conspiracionistas. Todavía está fresca la colosal mentira pergeñada por la Casa Blanca en relación al asesinato de John F. Kennedy, según la cual el magnicidio fue obra de un personaje alienado. Esta absurda versión fue refrendada por el llamado Informe Warren de la Corte Suprema de los Estados Unidos, la que en un texto de 888 páginas sostiene esa tesis. El informe fue despedazado por los críticos y, sin embargo, permanece como la versión oficial del asesinato de JFK Mentiras semejantes fueron expresadas por el gobierno de los Estados Unidos a lo largo de la historia. En Febrero de 1898 estallaba el crucero Maine anclado en el puerto de La Habana, donde había llegado para “proteger” los intereses norteamericanos amenazados por el inminente triunfo de los patriotas cubanos sobre los colonialistas españoles. Estados Unidos acusó a España del atentado, que ocasionó la muerte a gran parte de su tripulación, y de ese modo justificó su intromisión en el conflicto: le declaró la guerra a España, ya vencida por los cubanos, y se quedó con Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Mintió también cuando oficialmente declaró, al día siguiente de haber arrojado la bomba atómica en Hiroshima, que no había rastros de radiación nuclear en la zona. Antes, hay muchos que sostienen que la Casa Blanca sabía del inminente ataque japonés a Pearl Harbour, y dejó que suceda porque volcaría la opinión pública que hasta ese momento no quería que el país entrara en la Segunda Guerra Mundial. Y volvió a mentir cuando aseguró que había armas de destrucción masiva en Irak. Mintió mil veces al calumniar a la Revolución Cubana desde el 1º de Enero de 1959, como lo hizo al acusar a los gobiernos de Salvador Allende, Juan Bosch, Jacobo Arbenz y tantos otros. Y miente hoy, descaradamente, al acusar de cómplices del terrorismo y el narcotráfico a gobiernos como los de Raúl Castro, Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Mentiras, conviene recordarlo, que se ocultan tras una montaña de víctimas.

El informe oficial preparado en relación al 11-S adolece de una total falta de credibilidad. Sus defensores descalifican a sus críticos tildándolos de “conspiracionistas”. Pero, ¿no existen acaso suficientes interrogantes para concluir que si hay una conspiración esa es la que emana desde la Casa Blanca, con su sistemático ocultamiento de todas las evidencias que contradicen la historia oficial? Los críticos de esta historia sostienen dos hipótesis: o que el gobierno de EEUU sabía del atentado que realizarían los terroristas y dejó que ocurriera; o que fueron algunas agencias federales quienes planearon y ejecutaron el operativo porque crearía las condiciones necesarias para avanzar en su agenda política y, en lo inmediato, justificar su apoderamiento de Irak y su gran riqueza petrolera. Según analistas norteamericanos muy bien informados era un secreto a todas voces que en las discusiones del gabinete de George W. Bush en vísperas de la tragedia se decía que para invadir Irak y apoderarse de su petróleo era necesario contar con una buena coartada. Los atentados del 11-S ofrecieron la excusa perfecta. Tal vez algún día sepamos la verdad. Pero la conspiración de silencio pergeñada por la Casa Blanca no autoriza ser demasiado optimistas al respecto.

 

[Más información sobre el tema en:

http://www.ae911truth.org/ Arquitectos e ingenieros por la verdad del 11-S

http://911scholars.org Académicos por la verdad del 11-S

http://stj911.org Académicos por la verdad y la justicia del 11-S]

 

Fuentehttp://www.rebelion.org/noticia.php?id=135885

La verdad sobre Libia

Ignoro si los datos que ofrece este vídeo son 100% verídicos, pero sin duda abren los ojos para quien solo se nutra de información vertida por nuestros medios de masas. Hay algo más que decir sobre Gadafi que “era un dictador y un opresor”, único argumento esgrimido por nuestras televisiones, cómplices de la banca internacional. Como todos los líderes demonizados en Occidente (Chávez, Castro, etc., y por no mencionar a Franco o Mussolini) llevó a cabo una política social profunda que muy lejos queda de las que nos ofrecen las socialdemocracias judaicas que tenemos en nuestros países.

Esto no significa que su política fuese la ideal. Se trataba de un personaje que incitaba a la violencia y al antieuropeísmo, hipócrita hasta la médula: llamó a la guerra santa contra el país que almacenaba su fortuna. Pero más infinita es la hipocresía demócrato-occidental que afirma haber expulsado a Gadafi para bien de Libia.

Ejércitos privados: el negocio de la guerra

La Inquisición – 17/09/2011

En un mundo que tiende al anarcocapitalismo, los estados soberanos pierden cada vez más autonomía, competencias y poder a favor de que éstos recaigan en los grandes capitales, que los adquieren a precios muy por debajo de su valor real. Las guerras ya no atienden a intereses nacionales ni populares, sino a intereses de mercado. La guerra, hoy en día, es un negocio perpetrado por las grandes multinacionales para sacar provecho del sufrimiento humano y de la miseria planificada. Desde empresas que reconstruyen lo destruido hasta otras que ofrecen nuevos productos a una población masacrada, todas disfrutan de un público bien necesitado al que explotar y/o vender artículos. Así, la guerra se ha convertido en un factor más necesario para la persistencia del capitalismo. Constituye una parte intrínseca de él y mientras éste no se destruya, las guerras seguirán surgiendo como si de un acontecimiento natural más de tratase.

Concretamente, nos vamos a centrar en un tipo de empresa de las muchas que se aprovechan de la desgracia humana para sacar provecho: las empresas de contratistas privados, o mercenarios. Se trata de empresas como cualquier otra, con sus oficinas y su sede fiscal, llegando incluso a cotizar en bolsa.

La participación de ejércitos privados en las guerras contemporáneas ha crecido exponencialmente. La implicación de compañías de mercenarios en la guerra de Irak evidencia esta denuncia. Son varias compañías de este tipo las que operan en suelo irakí -36- empleando a miles de mercenarios -25.000 en el año 2005-, la mayoría veteranos de guerra con una magnífica formación militar.

Logo de Blackwater

Estas empresas privadas sustituyen así a los ejércitos regulares de cada nación, lo que supone una serie de ventajas considerables de cara a la labor desinformativa que ejercen los massmedia sobre las guerras neocolonialistas. Una de esas ventajas es que su banda de acción es ilimitada al no estar regidos por las leyes internacionales que controlan a los ejércitos regulares, de tal manera que estos mercenarios pueden cometer cualquier tipo de exceso saliendo impunes. Otra de las ventajas es que el número de mercenarios que mueren en la guerra nunca se verá reflejado en las listas oficiales de fallecidos del gobierno ocupante, pues pertenecen a empresas privadas y no al ejército regular, así que su muerte puede ser tratada como un accidente laboral más, sin llegar a considerarse que han sido muertes en el marco de un conflicto bélico. De esta manera el gobierno que procedió a la invasión no sufrirá el desgaste de popularidad que se merece al desinformar sobre el número real de muertes. Además, un contratista privado cobra aproximadamente tres veces más que un soldado regular, lo que genera una tendencia por parte de los soldados a alistarse antes en este tipo de empresas que en el ejército nacional.

Con todo esto, muchas veces las autoridades locales de los países ocupados consideran a los mercenarios en un mismo estatus que los soldados regulares.

Hablando ahora de nombres propios, las empresas que se dedican a estas actividades, por poner algunos ejemplos, son: Executive Outcomes, Sandline Kroll Aegis, Triple Canopy, Control Risks, Armor Group y Blackwater. La mayoría son estadounidenses y británicas, siendo Londres la mayor sede de empresas militares privadas.

Ésta última, Blackwater, estadounidense, ha protagonizado varios acontecimientos reprobables, como una masacre que tuvo lugar en pleno centro de Falujah. El gobierno irakí incluso llegó a retirar la licencia a Blackwater para actuar en su territorio. Sin embargo, Blackwater USA cambió su nombre por el de “Xe” con el fin de limpiar su imagen tras estos hechos.

Estas empresas generan alrededor de 150.000 millones de dólares anualmente, lo que pone de manifiesto la rentabilidad de la guerra para este tipo de industria de la muerte y la destrucción. La mayoría de esos ingresos proceden de los gobiernos estadounidense y británico, además de los servicios secretos de estos dos países (CIA y MI6, respectivamente). Por su parte, empresas de extracción de petróleo y diamantes también solicitan sus servicios, aunque constituyen una menor fuente de ingresos comparado con lo que facturan por su presencia en Irak y Afganistán. Cabe decir que un 20 % del presupuesto para la reconstrucción de Afganistán está destinado a las empresas de seguridad privada.

La guerra es negocio y el capitalismo necesita de ella para persistir.

EE.UU.: La creación del Estado Palestino es “contraproducente”

La Inquisición – 17/09/2011

Esas han sido las declaraciones del portavoz del Departamento de Estado de los Estados Unidos, Mark Toner, ante el anuncio que dio del Jefe de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, en el que afirmaba que iba a solicitar ante la ONU el reconocimiento de Palestina como estado.

Estados Unidos ya ha dejado claro que vetará la hipotética resolución porque no creen que sea forma de solucionar el problema. Por lo que respecta al país norteamericano que la posible futura solución llegue de las manos de un acuerdo entre partes iguales no es considerada viable, porque la reconsideración de las fronteras y la gestión de los campos de refugiados pueden traer más problemas que remedios. Y efectivamente en eso hay bastante razón. ¿Cederá Israel ante las exigencias de Abbas de volver a las fronteras de 1967?

Jamás se llegara un acuerdo entre ambas partes. Hay que tener siempre presente que el objetivo inmediato del Sionismo es el exterminio del pueblo palestino, y más a largo plazo acabar con el resto de árabes que ahora habitan Eretz Israel.

Proclamar un Estado Palestino sería dar un paso atrás. Israel es en gran parte impune ante la ONU porque está ocupando un territorio no reconocido por ésta. Un trato entre iguales sería, en efecto, “contraproducente” de cara a la solución final, que no es la paz como EE.UU. y la U.E. (que nunca Israel) declaran, sino el Holocausto Árabe.