Educación

Redacción: La Inquisición – 15/09/2011

Recientemente se ha hablado mucho sobre el papel del profesor en las aulas a raíz de los recortes en educación que se quieren hacer por aquí y por allá. Viendo en la televisión las noticias -cosa a la que, por cierto, no acostumbro- pude oír los testimonios de algunos interinos que ahora se van a ver sin trabajo. Lo que más me impresionó de todo, al margen de las implicaciones socioeconómicas de esta desfachatez de nuevo obra de nuestra casta política, fue su falta de discurso y fundamentación. Se supone que en esos individuos ha de recaer el deber y la voluntad de formar a los jóvenes, y no es de extrañar que luego se vea lo que se ve: palabras entrecortadas, incapacidad de definir una idea simple, temblor, titubeo, risas nerviosas… Una completa falta de aptitud para llegar a la conciencia del prójimo. Porque para que se establezca una comunicación, debe haber un agente emisor (entre otras cosillas) y, ¡por Dios!, debe emitir bien, que es lo suyo.

¿Es, ser profesor, simplemente controlar algo sobre una rama determinada del conocimiento? ¿Dónde quedan esos teóricos principios pedagógicos que se inculca al personal docente en el CAP, o como demonios se llame ahora?

Y es que si para una entrevista de 7 segundos se es incapaz de expresar algo, no quisiera yo presenciar una hora de lección magistral impartida por esos personajes.

A raíz de estas imágenes televisivas me vinieron a la cabeza ideas más profundas que todo este berenjenal político. Las carencias expresivas, dicen los “expertos”, se deben a falta de horas de lectura. Esa reducción simplista no pone más que de manifiesto en qué son expertos los “expertos”. Quizá la lectura aporte vocabulario, formas de expresarse, etc, etc… No quiero quitar mérito a la acción de leer y a lo que puede aportar, que es mucho, pero el problema que se nos plantea aquí tiene como causante base un sistema educativo podrido que premia la automatización del alumno y castiga todo atisbo de genialidad e intento de aprendizaje significativo. Entra aquí en juego el concepto de adquisición de conocimientos, de aprendizaje. ¿Qué es aprender? Adquirir conocimientos, sin duda, pero habría que matizar un poquitín más. Mucha gente es capaz de adquirir un conocimiento -¡se puede hacer de memoria!- pero solo una pequeña porción de ellos sabría darles un sentido y aplicarlos satisfactoriamente. Cuestionar, destruir ideas, reconstuirlas, dar perspectiva. Moldear cada concepto que se nos presenta, dando más fondo, quitándoselo. En resumen, pensar. ¿Esto último se potencia realmente en nuestros centros de enseñanza? Creo que no.

Es frecuente que el examen estándar, sobre todo en los institutos de secundaria, se centre más en cuestiones que hayan exigido al alumno aprender algo de memoria que en darle un par de vueltas a las ideas relativas al temario y de verdad demandar una respuesta que haya requerido un mínimo procesamiento mental de tal manera que quede constancia de que la idea ha sido entendida y asimilada. Hablo de un examen porque creo que es la raíz del problema. No hay que olvidar que el objetivo del alumno es aprobar el examen, no importa casi nada más. Y al final, como es natural, se tiende a prepararse para superar ese examen. ¿Y qué pasa cuando un examen no premia el verdadero conocimiento? Pues que se estudia para no aprender. Por eso me hace gracia cuando oigo al paleto de turno achacar la culpa de que “esta juventud no sepa nada” a la supuesta vagancia y desidia de los muchachos, que en muchos casos se esfuerzan al máximo para no sacar provecho de un sistema que no ofrece nada de valor. Aprueban sus exámenes, es lo que se espera de ellos, ¿no?

No quiero con esto desprestigiar esa tan útil habilidad de nuestro cerebro que es la memoria, sino denunciar que a menudo se contemple solo como conocimiento el que está ceñido a ésta. Y es que el ejercicio de la lógica, el juego con ideas vacías, la abstracción…, son habilidades que no se favorecen en absoluto. Cuán mejor sería saber contextualizar realmente un hecho histórico (con sus antecedentes, sus consecuencias, sus implicaciones…) que tratar de memorizar en vano fechas y detalles absurdos sobre él. Y no crean que este ejemplo se puede ceñir sólo a la Historia. Todas las ramas del conocimiento son eso, conocimiento, y por tanto se rigen por los mismos principios.

El problema, como todo problema que se nos plantea en este sistema, viene de base. Y siempre ha resultado muy difícil cambiar las bases. Recortar algún fleco puede quedar bien pero nunca será la solución definitiva.

El personal docente debe, en primer lugar, ser apto. En segundo, ser consciente de su posición, de cuál es su labor de cara al alumno y de cómo llevarla a cabo más eficientemente. Más favorable será, en edades tempranas, ejercitar los esquemas mentales a fondo y darles base que llenar la cabeza de ideas que no se saben colocar y por tanto no se podrán utilizar correctamente cuando menos, o directamente se perderán. Si no, tendremos más y más patanes que sabrán mucho sobre todo pero no comprenderán nada. Zombies incapaces de cuestionar las ideas más simples, de contextualizar lo que acontece a su alrededor, de dar significado a cuanto ven, oyen y tocan.

Aunque, ahora que lo pienso… ¿no es este el prototipo de ciudadano más apropiado para sustentar un sistema gobernado por un pequeña élite hacia una gran masa incapaz?

Los ilustrados lo dijeron, y es que la base de todo progreso humano es la educación.

El Arte como realidad humana: sin sentido en el mundo de hoy.

La Inquisición – 15/08/2010

No soy artista ni filósofo, pero me voy a atrever a hablar del arte a pesar de mi completa ignorancia sobre el tema. En primer lugar, lo entiendo como todo acto de creación humana llevada a cabo mediante el uso de las aptitudes más propias e inmanentes del hombre. Partiendo de ahí, sólo cabría considerar como “arte” todo aquello que ha sido creado por alguien en su actividad particularmente humana.
Durante la historia han aparecido una serie de personajes que, debido a su genialidad y espíritu, han conseguido que sus obras perdurasen durante siglos y milenios hasta nuestros días: el verdadero arte ha de trascender de lo temporal, tener la misma vigencia hoy que dentro de mil años, expresar ideas o emociones tan profundas que no dependan en absoluto de las circunstancias externas al ser humano, sino que se ciñan a él.

Ahora cabría pensar si de verdad el “arte” que hoy se crea debería ser considerado como tal.

En la sociedad de consumo, todo cuanto se produce va encaminado a ser consumido por el público, y el arte no es excepción.

Si la sociedad exige que se genere un tipo de música concreta, la creación artística se orientará a ello, y de ello surge un producto acorde a la aspiración popular. Sin embargo, este hecho ha conducido al arte a la desaparición. El vulgo es incapaz de ponderar el verdadero valor artístico de algo, simplemente lo juzgan por cómo les entra en primera instancia por sus sentidos, sin analizar las implicaciones humanas que ha podido haber en su creación. De esta manera surge un arte de consumo que carece de todo mérito, que solo satisface a una ignorante y empujante mayoría, sustituyendo al verdadero arte, que es aquél que es por sí mismo.

Nunca una canción “pop” será escuchada dentro de siglos ni un cuadro moderno preservado en los grandes museos. El arte que se produce es un mero objeto de consumo más, y no tiene más valor -desde una perspectiva humana- que un filete o un rollo de papel higiénico. Su única utilidad es el comercio, así que una canción de moda puede ser descargada como tono para el móvil, generando riqueza, durante un par de semanas, pero luego cae completamente en el olvido como no puede ser de otra manera, para ser sustituida por otra que cumpla la misma función.

El verdadero arte no produce beneficios económicos, y el genio nunca podrá vivir a costa de su aptitud. La sociedad de consumo ha matado al arte, lo ha marginado hasta convertirlo en algo vestigial y anexo a nuestra realidad, falto de sentido en un mundo carente de valores, ideales y referentes, como en el que vivimos.

Medios de comunicación

La Inquisición – 14/08/2010

En un mundo como en el que vivimos es común y aceptado tomar cuanta información se nos muestra como verdadera e indiscutible, máxime si procede de medios tales como la televisión, la radio u otro espacio cuya masiva audiencia da una falsa sensación de garantía de veracidad e imparcialidad.

Sin embargo, se trata de algo ilusorio, y el hecho de que todos los medios muestren al unísono la misma información no confirma su fidelidad. Al contrario, ocurre que todos los grandes medios de comunicación de masas tienen una coincidencia de intereses que -salvaguardando algunos detalles ideológicos irrelevantes desde un punto de vista global- hacen mostrar el mismo tipo de noticias al público.

¿Qué intereses son esos? ¿A qué corresponden?

Los mass-media siempre son propiedad de grandes capitalistas cuyo negocio no se reduce únicamente a la información. De hecho, en la mayoría de los casos la posesión de un medio de comunicación dentro de un holding empresarial no es un fin comercial en sí, sino un medio que afiance, de cara al ciudadano, la buena imagen de las demás empresas del mismo propietario.

De esta manera surgen fuentes de información que ya de base están condicionadas, de modo que si el medio de comunicación pertenece al mismo propietario que una petrolera, mostrará unas noticias relativas a ésta siempre favorables y benévolas, aunque en realidad esa petrolera, por poner un ejemplo, vierta desperdicios al mar o explote a sus trabajadores. Serán cosas que el medio tenderá a censurar.

Por otra parte, está la publicidad. Actualmente la mayoría de ingresos en TV, radio, periódicos y revistas proceden directamente de la publicidad a la que dan soporte. Esto supone otro gran condicionante, pues las empresas que se anuncian nunca permitirían que el medio en el cual se hacen conocer emitiera noticias adversas a su imagen y a sus productos, por malos que éstos sean. De esta manera el medio, con el fin de no perder su fuente de ingresos, nunca mostrará ninguna noticia desfavorable relativa a los anunciantes.

Las firmas comerciales utilizarán los teóricamente fiables medios de comunicación siempre bajo su criterio, que no es otro que vender sus productos a un público contando con su beneplácito.

Desde una perspectiva más global, para entender por qué en casi la totalidad de los aspectos geopolíticos del mundo todos los medios están de acuerdo, hay que hacer un análisis de las implicaciones de las multinacionales en los diferentes gobiernos de cada nación.

En un mundo que tiende cada vez más y más al anarcocapitalismo, las multinacionales van acaparando progresivamente todo el poder que pueden en detrimento de los gobiernos soberanos. Aunque este es otro tema de estudio, cabe tener en cuenta que el neoliberalismo -la doctrina imperante en este siglo XXI- otorga cada vez más competencias al sector privado, desentendiéndose los gobiernos (y, por extensión, los pueblos) de garantizar derechos tan básicos como son la sanidad y la educación.

Llega un momento en que el capitalismo ha supeditado las soberanías nacionales a los grandes capitales de tal manera que cualquier decisión tomada por un gobierno se corresponde a las pretensiones del Capital, y de nadie más, ni siquiera del pueblo que le confió su voto en un vano intento por decidir su destino en la historia.

Los medios de comunicación nunca mostrarán este tipo de relación, y se limitarán a mentir en aras de contar con la aprobación popular en todo lo concerniente al interés del Capital.

Así, una guerra contra un país rico en reservas petrolíferas, cuya única finalidad radica en el control de esas reservas por parte del Capital, puede ser vista por la muchedumbre como una cruzada necesaria para salvaguardar una libertad y una democracia que no son tales, con el pretexto de destruir un terrorismo ficticio o de derrocar a un tirano que nadie sabe qué hace ahí.

Los medios de comunicación, al servicio de su dueño, el Capital, pueden alinear a la opinión pública con los objetivos de sus propietarios, a pesar de que no se correspondan lo más mínimo con el interés general.

De la misma manera que se legitima una guerra popularmente innecesaria, también los medios pueden crear una alarma social afirmando que hay un virus expandiéndose de peligro extremo. Sin embargo, la realidad es que ese virus puede ser, al lado de la gripe común o la malaria, algo realmente insignificante, y que no afecte a prácticamente nadie. Pero el miedo infundido ha servido a las empresas farmacéuticas para vender sus prescindibles productos. Y todo a costa de un terror creado a partir de la nada.

La tergiversación mediática puede llegar a extremos insospechados, y documentar sobre casos concretos daría para escribir un libro. Los medios pueden crear héroes a base de individuos infames, a la vez que demonios partiendo de seres inocentes. Con razón es llamado el Cuarto Poder. Toda una moral puede ser -y de hecho, es- impuesta de manera uniforme a un público que por pasividad o ignorancia no hace nada por buscar medios alternativos para nutrirse de verdadera -o por lo menos no tan falsa- información.

No tiene perdón, contando actualmente con recursos como Internet, que nadie intente documentarse acerca de todo cuanto le atañe de manera precisa, desconfiando de lo que muestra la tan incomprensiblemente amada televisión.

Al final, como todo, esto queda reducido al grado de voluntad que tiene un individuo para abrir los ojos y comprender cómo es el mundo en realidad, a su fuerza de repulsión ante lo que le es dado así sin más, a su grado de aceptación o rechazo de lo pasivo y elaborado.

Claro que es más fácil quedarse con lo que cuentan que buscar e investigar sobre cualquier hecho. La falta de interés y de voluntad que esgrime el pensamiento único imperante por medio de erróneas idealizaciones en Hollywood y todo el arte de consumo, se traduce en una deshumanización tal que a medida que pasa el tiempo nuestro mundo se asemeja más a la distopía orwelliana.

Incapaz de observar, incapaz de comprender, e incapaz de crear, el hombre moderno asiste como un mero espectador a un teatro llamado Realidad que cada día se supera en lo inhumano y en lo irracional. Hemos necesitado 3 millones de años para pasar de ser monos a simples hormigas, y llegado un momento no cabrá ya posibilidad de involución.

El Pueblo Elegido

Así son educados, desde jóvenes, para que piensen que son odiados. Odiados por envidia de su superioridad, su inteligencia, sus aptitudes y por la gracia que el mismo Dios les ha otorgado como Pueblo Elegido. De esta manera, se ven como algo aparte. Algo por encima de lo mediocre, de los gentiles, de la humanidad. Ellos son los elegidos.

Todo lo que no son ellos mismos es una amenaza. Todo el mundo ha estado, está y estará en su contra. El verdugo se convierte en víctima, la víctima de todos, y por ello cualquier acto en su defensa será legítimo a los ojos de Dios.

Y para colmo, sus gentes ocupan las más altas jerarquías en este Nuevo Orden Mundial. Desde entidades bancarias a medios de comunicación, todo les pertenece. Existen lobbies que persiguen a cualquier individuo que se les oponga, tan solo con su palabra, ante su intento de dominio mundial. Con ellos allí arriba la libertad de expresión se ha acabado. Sin embargo, piensan que todo sigue en su contra, a pesar de que todo lo controlan ellos. Con esta estrategia de parecer víctimas consiguen que toda la humanidad de el visto bueno a sus acciones, que comprenden desde anecdóticos actos de piratería hasta un genocidio que se está llevando por delante a un pueblo entero, violando impunemente toda ley internacional.

Abramos los ojos ante este enemigo común de europeos, americanos, árabes y humanos en general. Plantemos cara y no nos dejemos engañar por su putrefacta propaganda que nos inunda los telediarios de cada mañana. La moral que impera en Occidente no es más que un producto de su pensamiento, acorde a sus pretensiones de dominación, que ha sido denunciada desde la Antigüedad hasta que tomaron el control mediático que dirige toda voluntad en esta sociedad de consumo actual. Ya basta de victimismo, ya basta de impunidad.

La aventura del rebelde

JESÚS J. SEBASTIÁN

La existencia de una supuesta tendencia humana hacia la igualdad, la nivelación en todos los órdenes, fenómeno que Ratheneau calificaba como la invasión vertical de los bárbaros o la revolución por lo bajo (Revolution von unten) de Spengler, es una afirmación rigurosamente inexacta. El hombre es un ser naturalmente inconformista, competitivo y ambicioso, al menos, en un sentido progresivo y evolutivo. El mito de la igualdad deja paso a la lucha eterna por la diferenciación.

Y este concepto dinámico se integra en la sociedad mediante dos polos opuestos que originan en ella un movimiento de tensión-extensión: minorías y masas, formadas por hombres-señores o por hombres-esclavos, estos últimos seres mediocres en los que se repite un tipo genérico definido de antemano por los valores imperantes de la moral burguesa o progresista triunfante en cada momento o por los dictados de la modernidad, siervos de una civilización decadente que pugna por la nueva nivelación-igualación consistente en rebajar o disminuir a los que se sitúan por encima atrayéndolos a un estrato inferior. El combate por la libertad cede ante la búsqueda de una felicidad gratuita.

Nietzsche expuso su antítesis entre una “moral de señores”, aristocrática, propia del espiritualismo en sentido europeo intrahistórico, y una “moral de esclavos”, de resentimiento, que correspondería al cristianismo, al bolchevismo y al capitalismo demoliberal. Es la naturaleza la que establece separaciones entre los individuos “espirituales”, los más fuertes y enérgicos y los “mediocres”, que son mayoría frente a “los menos”, una “casta” que anuncia el advenimiento del “superhombre” (Übermensch). El “mensajero del nihilismo” fue un predicador militante contra el orden caduco y la moral convencional, pero lo hacía desde un profundo individualismo que se oponía a las distintas formas de dominio ejercidas sobre las masas con el oscuro objetivo de anular toda personalidad.

Y es aquí cuando percibimos que la figura solitaria, dramática y patética del rebelde, del anticonformista, parece haber desaparecido de la sociedad posmoderna. El declive del romanticismo y el advenimiento de la sociedad de masas han puesto de manifiesto la crisis del héroe, del intelectual comprometido con la disensión y la protesta, reduciéndolo a un mero personaje de ficción literaria. El neoconformista interpreta toda renovación como un atentado contra su seguridad. Atemorizado por el riesgo y la responsabilidad inherente al difícil ejercicio de la libertad personal, aprieta filas con el modelo colectivo. Es el hombre heterodirigido de Riesman o el hombre masa de Ortega y Gasset. Sin embargo, a lo largo del pasado siglo, diversos movimientos han respondido, intuitivamente en la mayoría de las ocasiones, enérgicamente las menos, contra esta homogeneización de las formas de vida.

Durante la década de los cincuenta aparecieron los llamados jóvenes airados o generación beat, espíritus extravagantes caracterizados por sus deseos de romper con las reglas del orden constituido. Forman un grupo promiscuo de bohemios, artistas fracasados, vagabundos, toxicómanos, asociales inadaptados y genios incomprendidos. Mezclan, en extraña confusión, ciertos gestos incomformistas respecto al sexo, las drogas, la amistad, con actitudes intolerantes hacia las formas de vida social, familiar e individual establecidas. Viven en pequeñas comunidades, desprecian el dinero, el trabajo, la moral y la política. Su culto a la rebelión anárquica se resuelve en una técnica existencial autodestructiva que suele concluir en el psiquiátrico, el reformatorio o el presidio. Los beats, en medio de la alucinación y el desespero intelectual, degeneraron en lo absurdo, porque absurdo era el mundo en el que estaban obligados a vivir.

Marcuse, símbolo de la protesta estudiantil de los sesenta, intuía la contracultura como una gran negación y, como toda actitud negativa, suponía la afirmación de unos valores opuestos a la cultura en su sentido clásico. El mayo francés, con su imaginación al poder, dio vida efímera al fenómeno de la contracultura.: su temporalidad se debió, sin duda, a su carácter de negación, «porque aquel que reacciona contra algo afirmado no tiene iniciativa en la acción», en expresión de Evola. La contracultura intentó construir una alternativa diferente al futuro tecno-industrial, renovando la caduca cultura occidental a través de una revolución psicológica de la automarginalidad.

Por otra parte, la infracultura delincuente constituye una auténtica anticultura, cuyocódigo de honor consiste en trastornar las normas justas —o, al menos, aceptadas colectivamente— de la cultura dominante, a través de la ritualización de la hostilidad gratuita y el vandalismo, erigidos como principios éticos que no se dirigen a la obtención de un lucro inmediato, sino a la posesión del placer por lo ilícito, del riesgo por la violación de un tabú. Su comportamiento es incontrolado, carente de toda lógica, y su actuación es hedonista, inmediata, no programada, lo que la diferencia de la delincuencia profesional. Este tipo de rebelde fracasado, surgido de los sectores menos favorecidos —ahora la extracción se produce también entre los niños pijos consentidos—, ve en la propiedad ajena el símbolo tangible del éxito, razón por la cual su apropiación o destrucción constituye una singular venganza, un camino más sencillo que el de la autodisciplina, el sacrificio o el valor del trabajo.

La cultura urbana, a través de expresiones musicales como el rock y sus más modernos ritmos afroamericanos y de sus depresiones alucinógenas —mezcla de drogas, alcohol, música e imágenes estereotipadas—, ha creado nuevos tipos de protesta uniformada, es decir, una paradójica protesta neoconformista, totalmente absorbida por el sistema y por las corrientes de la moda. En nuestro país, este fenómeno de hastío moral degeneró en lamovida, un mero gesto contradictorio expresado por las vías del espectáculo huero y el sensacionalismo absurdo. La movida, de repente, reaccionando en sentido contrario a la ley física que le dio su nombre, se detuvo. La vaciedad de su contenido provocó su muerte prematura.

De todo lo anterior se desprende que los hijos de la posmodernidad han aprendido una lección: la inutilidad del acto de protesta institucionalizado y la conveniencia de aceptar las leyes de la sociedad capitalista. Y he aquí que el antiguo revolucionario cambia de uniforme y se entrega en manos de la ambición desmedida, de la competitividad, el consumismo y la seducción. Es el prototipo del nuevo burgués descrito por Alain de Benoist. Mientras los medios de comunicación difunden este tipo humano robotizado, la publicidad lo eleva al altar como único ejemplo de valores eternos que merece la pena imitar. La fórmula lucro-especulación más placer teledigirido, divulgada por la estética urbana, fría y despersonalizada, ha triunfado finalmente.

En el lado opuesto se sitúan, incómodos y descolgados del tren pseudoprogresista, losnuevos bárbaros, personajes que parecen extraídos de los mitos de la literatura fantástica. Son auténticos rebeldes que rechazan, a veces cruentamente, el código cultural y moral hegemónico. Retorno a las formas naturales, gusto por el misticismo, espíritu de combate, tendencia al caudillismo y al sectarismo organizativo, pretensiones literarias y filosóficas, actuación marginal, a veces incluso extremista, son las líneas básicas que los definen, como si constituyesen una recreación de las bestias rubias de Nietzsche. Su inconfesable propósito es sustituir el espacio cibernético de Spielberg por la espada mágica de Tolkien.

Pero también hoy nos encontramos con un nuevo tipo de rebelde, que lucha por hacerse un sitio en el bestiario de la sociedad tecno-industrial. Es el hombre duro, incombustible emocional y espiritualmente, eternamente en camino, en constante metamorfosis nietzscheana, que ejerce su profesión como actividad no especulativa, que defiende su ámbito familiar y relacional como último e inviolable reducto de su intimidad, que participa con actitud militante en la formación de la opinión pública, que en fin, subraya sus rasgos propios frente a la masa y que está dispuesto a sacrificar su individualismo en aras de valores comunitarios superiores. No es hombre de protestas gratuitas o solemnidades falsamente revolucionarias. Busca la autenticidad a través de la resistencia a lo habitual, como un gerrillero schmittiano, aunque esta resistencia sea dolorosa y desgarradora porque se dirige, sobre todo, hacia el interior de sí mismo. En ocasiones también, su dramática existencia y el repudio de la sociedad demoliberal, le acercan a la revolución nihilista de los nuevos bárbaros. Este proyecto humano es aventura, destino no propuesto, la dimensión heróica y trágica del rebelde de Jünger, del nuevo hombre que resulta enormemente peligroso para el inmovilismo.

Extracto de: El Manifiesto

¡Ya están aquí!

RODOLFO VARGAS RUBIO

Como se sabe, el pasado miércoles santo un grupo de “turistas” musulmanes procedentes de Austria intentaron rezar según sus creencias en el interior de la mezquita-catedral de Córdoba, provocando un altercado con las fuerzas de seguridad al desobedecer las indicaciones de éstas y ser, en consecuencia, expulsados del templo católico. Eran 118, aunque sólo un puñado de ellos se mostró violento. Parece ser que la acción estaba planificada de antemano, ya que fueron penetrando en la catedral por diversas entradas en una acción coordinada mediante walkie-talkies. Los implicados en el incidente alegaron, sin embargo, que todo fue una reacción espontánea al hallarse en un recinto “en el que se respira espiritualidad”. Pero es muy significativo que esto no haya ocurrido en la catedral de la Almudena, ni en la Sagrada Familia de Barcelona, sino en la catedral cordobesa, que efectivamente fue mezquita, de lo cual es innegable testimonio su estilo arquitectónico predominante. No es, pues, casual este hecho que comentamos y que pone de manifiesto una vez más la pretensión musulmana de que España (o Al-Andalus) pertenece de derecho al Islam. Puntualicemos de entrada que, si bien es verdad que la actual catedral de Córdoba fue mezquita, no es menos verdad que ésta había sido previamente una basílica cristiana visigoda dedicada al diácono español san Vicente y destruida en 786. Es decir que cuando, tras la conquista de la capital del antiguo califato por Fernando III el Santo en 1236, este rey convirtió la mezquita en catedral, no hizo con ello sino devolver el lugar al culto original para el que fue destinado. Si hubo una usurpación, ésa fue la que realizaron los invasores árabes. En la actualidad organizaciones musulmanas reclaman que se ceda un espacio de la catedral para el rezo coránico y se comparta así el templo que tantas reminiscencias tiene de su pasado islámico. El obispado ya ha respondido que tal uso compartido de la mezquita-catedral no contribuiría a la pacífica convivencia de cristianos y musulmanes, sino que sembraría confusión y favorecería el indiferentismo religioso. Y no le falta razón. Tal uso compartido ya se dio en el siglo VIII, cuando el moro Muza repartió en 714 el recinto basilical de san Vicente entre musulmanes y cristianos para que pudieran practicar su culto en la parte que les tocó. Se garantizó a los cristianos que serían tolerados mientras pagaran el tributo, pero fueron los seguidores de Mahoma los que en varias ocasiones no respetaron lo establecido y violaron el espacio sagrado de los cristianos, hasta que finalmente se les quitó, siendo demolida la basílica para construir la mezquita, íntegramente consagrada al culto islámico. También conviene observar que, como en otros capítulos de las relaciones interreligiosas y de la tan cacareada “alianza de civilizaciones” no se da la recíproca de las pretensiones de los musulmanes. Cualquiera les dice, por poner un ejemplo, que se erija un altar para decir misa en la Mezquita Azul de Estambul o en la que Hassan II hizo construir en Rabat. Que un grupo de cristianos se ponga a rezar el rosario en público en cualquier mezquita del mundo islámico y se verá cómo no se van tan de rositas como los “turistas” austro-coránicos. Pruébese a hacer manifestaciones o sentadas ante la Santa Sofía de Estambul para pedir que el gobierno turco restituya esa antigua basílica bizantina a los cristianos, a los que les fue arrebatada a sangre y fuego en 1453, al caer Constantinopla. La policía no tardaría en disolverlas con mucha más contundencia que en Córdoba. Esto pone el dedo en la llaga de la espinosa cuestión de la universalidad de ciertos principios. En el mundo occidental se reconoce plenamente la libertad religiosa, la cual ha adquirido la categoría de un principio inviolable. Pero resulta que los países musulmanes son confesionales, la mayoría de ellos con la prohibición del ejercicio público de cualquier otro culto.¿Por qué la confesionalidad está mal vista en Occidente y, sin embargo se tolera sin chistar que en el mundo islámico sea la norma? Otro punto preocupante es que los protagonistas del incidente de la catedral de Córdoba no han sido magrebíes o árabes recién llegados de sus tierras de origen. Por el contrario, se trata de jóvenes de la segunda y tercera generación de inmigrantes, que se supone que deberían haberse integrado a las sociedades de los países en europeos en los que han nacido y cuya nacionalidad ostentan. En el caso que nos ocupa se trataba de austríacos, pero éstos, lejos de asimilar los fundamentos de la convivencia sobre los que se asientan las sociedades occidentales, mantienen la mentalidad autóctona de sus mayores. Nadie les dice, por supuesto, que por el hecho de ser austriacos (o franceses o alemanes) tengan que abandonar la religión y las tradiciones en las que han sido criados, pero sí se tiene derecho a esperar de ellos que conformen sus actitudes al modo de ser y vivir nuestro, a nuestras reglas de sociabilidad. No puede permitirse que se perpetúen guetos étnico-religiosos que constituyen focos de desestabilización y de conflicto en nuestra gran comunidad occidental. Sin embargo, es lo que fatalmente ocurre cuando los hijos y nietos de los inmigrantes musulmanes parece que sólo han asimilado algunos aspectos materiales de la cultura occidental (forma de vestir, adelantos técnicos, etc.), pero guardan intacta la repulsión por sus aspectos más substanciales. Ciudades europeas importantes como París, Viena, Amsterdam y Berlín ya cuentan con cinturones de extrarradio en los que este fenómeno se muestra peligrosamente evidente. No deja de ser irónico que los invasores de la catedral de Córdoba hayan venido de Austria: un país históricamente definido, en contraste con el Islam, como baluarte del cristianismo. Sus señores naturales acabaron siendo los soberanos del Sacro Imperio heredero de la antigua Roma, custodios de la civilización occidental, defensores de la Cristiandad contra la Media Luna. La liberación de Viena en 1683, gracias a la intervención combinada del rey polaco Juan III Sobiesky y del príncipe Eugenio de Saboya, marcó un hito determinante no sólo para Austria, sino para toda Europa, ya que salvó a ésta de ser avasallada por los turcos otomanos y posibilitó la ventajosa paz de Carlowitz (1699), por la que éstos hubieron de renunciar a sus afanes expansionistas y reconocer su derrota definitiva, devolviendo Hungría, Transilvania, Croacia y Eslovenia a Europa. No se olvide tampoco que los Habsburgo eran los campeones del catolicismo e hicieron de Austria una nación cuya identidad se basaba en la fe de Roma. El problema es que cada vez hay más musulmanes nacidos en Europa y menos europeos. Aquéllos no abortan ni controlan la natalidad. Hoy entran en la mezquita de Córdoba porque la consideran suya; mañana pedirán que se retiren las cruces porque su visión les ofende; pasado mañana exigirán la retirada de los monumentos de los héroes de Mohács, Belgrado, Lepanto: Juan Hunyadi, Skanderbeg, Matías Corvino, Don Juan de Austria, enemigos irreconciliables del Islam; y acabarán acampando en el Vaticano para decirle al Papa que les construya un minarete en la Plaza de San Pedro en lugar del obelisco de Diocleciano. Desgraciadamente, ya cualquier cosa es posible. Por cierto y para terminar: la terminología híbrida “mezquita-catedral” de Córdoba se presta a equívocos, aunque es claro que aquí “mezquita” designa la forma y estilo arquitectónicos del edificio, mientras “catedral” expresa su carácter religioso como sede del obispo cordubense.

Extracto de: El Manifiesto

Jóvenes: aún más desnortados que sus padres

DAMIÁN RUIZ

Son casi las nueve de la noche y acabo de salir del supermercado. En la puerta de entrada hay un grupo de jóvenes, de alrededor de veinte años, esperando los restos de comida caducados y excedentes. Están sentados en la acera, con la cabeza inclinada hacia abajo y algunos disimulan para que no les veamos la cara. Se sienten avergonzados. Están en la plenitud de la vida y mendigan, de la manera más digna posible, algo para cenar.

Me duele esa situación. Probablemente están en paro y también muy probablemente son hijos de familias desestructuradas, o quizás no. A estos chicos les han matado el espíritu, el sentimiento de pertenencia y el coraje vital. Son hijos de un mundo feliz repleto de bondades. Todas las leyes que se promulgan están dirigidas a anestesiarlos hasta la parálisis. El adoctrinamiento racional y la pedagogía de la anodina sensatez pretenden que estudien y se civilicen hasta que no les quede una gota de espontaneidad vivencial ni intelectual.

No pertenecen a ningún lugar, no tienen referentes ni héroes, tienen que domesticar la testosterona a base de porros, y tienen que tener mucho cuidado de no actuar fuera de lo esperable que es, sencillamente, que no actúen, a no ser que lo hagan en una ONG o como monitores de niños amantes del campo.

Muchos jóvenes se quedan en su habitación durante horas, se acuestan tarde y se levantan tarde también, y los padres se desesperan, culpándose de la situación. No saben que la sociedad que hemos creado les ha vaciado, no tienen ni alma, ni fe, ni esperanza, no hay estructura psíquica que les sostenga, ni grupo al que vincularse, a no ser que sea de clones que tampoco saben dónde van ni dónde están.

Estudian y estudian, licenciaturas, postgrados, doctorados… y se quedan en el paro u obtienen sueldos precarios, muchas veces de profesiones que no tienen nada que ver con su formación.

Sus mayores, sus adultos, llevan años eligiendo gobernantes que viven en un mundo de vanidades, de sueños fantasmagóricos y de despilfarro ruinoso. Gente que construye la realidad a la carta, machacando y sacrificando a los más fuertes en aras de una imbecilidad social que nos conduce a la desaparición colectiva.

Se les obliga a que tengan conciencia de todo hasta anularlos, se les obliga a que entiendan y se sometan al criterio de los que mandan, a que renuncien a su nación, a su capacidad de prosperar y a su ímpetu creativo. Y ¿todo ello para qué? Para que en su nombre, en beneficio de ellos, se actúe desde la máxima impunidad, normalmente gastando sin control, para construirles un futuro esplendido. -Y evidentemente las petardas y petardos del régimen se apuntarán a cualquier campaña o cancioncilla de solidaridad para narcotizarlos en la creencia de que están colaborando a que crear un planeta mejor-.

Perdemos competitividad, identidad, solidaridad y presencia internacional. Guiados por la razón, la de los pusilánimes, vamos todos como piaras de cerdos hasta el borde del barranco. Pero la razón no puede, todavía, con el cerebelo, y nos vamos mermando a modo de neuróticos en permanente conflicto, mientras otros crecen y crecen, y se hacen fuertes.

Sigamos machacando a nuestros jóvenes, dejémosles sin aliento y grabemos en sus mentes el “buenismo” bobalicón, y desfilemos como hermanos alegres hacia la autodestrucción colectiva.

Extracto de: El Manifiesto