Problemas de Identidad, problemas del Ser.

La deshumanización del ser humano está en proceso. Al parecer, nadie es capaz de verlo, pero la cuestión es que la Humanidad se encuentra actualmente en un punto de inflexión en su desarrollo evolutivo.

Sin duda alguna, echando una mirada hacia atrás, podremos ver cómo, sobre todo en estos últimos dos siglos, ha tenido lugar un desarrollo tecnológico tan sofisticado que ha sido capaz de eximir al hombre de estar sujeto a prácticamente todas las leyes naturales a las que antes rendía cuentas todo ser viviente. Esta capacidad técnica ha sido la culminación de un desarrollo evolutivo intelectual llevado a cabo durante más de 3 millones de años.

Es incuestionable la excepcional labor que ha tenido la naturaleza al otorgar al Hombre, la especie privilegiada, una facultad que ha sido capaz de desembarazar a éste de ella misma. Y a la vista está: las grandes ciudades, los medios de transporte, los de comunicación, la sanidad… la mayoría de nosotros pasamos los días sin prácticamente rozar ni ser influidos por ningún elemento natural. 

Sin embargo, en este sensacional camino el hombre ha extraviado algo que antes era inherente a él, algo que, durante estos últimos siglos se ha ido desvaneciendo a medida que aumentaba su habilidad técnica y eran hartadas sus necesidades más primarias. Algo que era fruto en principio de su inteligencia, su capacidad social, de coordinación con demás semejantes, de su naturaleza. A ése algo el hombre le debe haber llegado a donde está, y su pérdida producirá que su fascinante avance respecto a las demás criaturas no pueda continuar como ha hecho hasta ahora. Esto es, su identidad.

Este mundo globalizado y la sociedad de consumo han extirpado al hombre el más preciado de sus seres: el hecho de ser quienes son, el poder diferenciarse del resto, de poseer un auténtico yo, de tener respuesta ante la pregunta “¿quién soy?”, de poder situarse a si mismo en la naturaleza, de tener conciencia de su ser.

Y ya no es que en la sociedad actual esté infravalorado el hecho de “poder ser”. Es que, de alguna manera, está mal visto, es intolerado y muchas veces aborrecido.

Las primeras sociedades humanas se formaron para satisfacer las primeras necesidades del ser humano. La coordinación consciente entre éstos permitió que consiguieran lo que individualmente habría sido imposible para ellos. Y es en este momento de la Historia cuando, gracias al establecimiento social, surge la cultura. Esto implicó que brotaran las primeras manifestaciones artísticas y técnicas, así como el lenguaje y los valores. A partir de aquí, el homínido empieza a ser Hombre, comienza a comprender su situación, a entender que el uno no es nada sin el resto. La aparición de la cultura se debió a la necesidad explícita de transmitir todo su avance inteligente a los siguientes para garantizar su perpetuidad.

De esta manera, los diferentes grupos humanos comenzaron a forjar su identidad. La cultura característica de cada comunidad se lo otorgó. Empezaron a ser “estos” y “aquellos”, a ponerse nombres, a elaborar sus leyes, su lenguaje, sus mejores formas de organización y ponderar qué era o no beneficioso para su grupo.

La aparición de la identidad, por tanto, se debe a la cultura, y ésta a crear una serie de vínculos tanto físicos como intelectuales entre los individuos que conforman la sociedad para, en último término, poder satisfacer la mayor parte de sus necesidades.

Se podría decir, entonces, que la identidad del ser humano es fruto de algo que va más allá de la propia naturaleza. El ser humano es el único ser capaz de coordinarse con otros teniendo conciencia de sí mismo para obtener sus fines, y eso es porque es el único dotado de la inteligencia necesaria como para poderse ver a sí mismo en la naturaleza.

Bien es cierto que existen otras numerosas especies de seres que son capaces de colaborar entre sí y formar sociedades. Sin embargo, por contra, el ser humano tiene inteligencia. Es de lo que se sirve para crear su sociedad, a diferencia de por ejemplo las hormigas, cuyo método de comunicación se basa en una mera secreción química que muy lejos queda de la actividad lingüística y consciente del ser humano.

Ese es el origen, nuestro origen. El auge de un ser que ha sido capaz de orientarse y dar pasos hacia adelante hasta que se encontró con la obstrucción de un mundo globalizado tendente a la uniformidad.

Los seres humanos de nuestros tiempos, en mucho se diferencian de aquellos primeros hombres que, aunque frágiles y endebles en su fisonomía, consiguieron hacerse los reyes del mundo.

Actualmente viven en el mundo seis mil millones de seres humanos. Sin embargo, en esa estremecedora cifra se hallan tan solo unos pocos que, como los primeros hombres, tienen verdadera conciencia de sí mismos, son capaces de mirar hacia el cielo y comprender su situación en la naturaleza.

La razón de que se halla producido esta deshumanización entre los seres humanos corresponde al lucro que tiene el Gran Poder que dirige el mundo en anular al ser humano en cuanto tal.

Ese interés radica en que las cuatro manos que dirigen nuestro mundo detenten el poder absoluto, centralizado en ellas de tal manera que sea cual sea su voluntad se cumpla en cualquier momento y lugar. La ambición de esos tan pocos diablos es lo que está haciendo que la Humanidad y todos sus prodigios se arruinen y sea su camino la perdición.

La comprensión de esta situación es compleja y su superación constituye el mayor reto en la historia del Hombre.

El Gran Poder ha creado a lo largo de los últimos tiempos un modelo económico, social, científico y filosófico que se ajusta perfectamente a su plan de dominación total, y la sociedad de consumo es el resultado de sus pretensiones.

El mundo actual se nos es presentado como un mundo culminante, y si bien deja mostrar algunas imperfecciones a sus ciudadanos, serán siempre el objeto de remiendo inmediato. Los pilares sobre los que se jactan de afirmar que está asentado el Orden Mundial son la democracia, la igualdad y la justicia. Sin embargo, estas premisas quedan muy distanciadas de la verdad en la cual nos encontramos. Gracias a la globalización y al íntegro alcance de los medios de comunicación, todos los seres humanos somos contaminados con propaganda del Gran Poder sin apenas darnos cuenta: programas de televisión, radio, películas, prensa… Estamos sometidos a una completa manipulación lógica por parte de quienes pretenden anularnos. Y lo consiguen. Votamos a quienes nos muestran como más convenientes, compramos lo que dicen que necesitamos, firmamos lo que nos piden, damos el visto bueno a la existencia de guerras injustas, etc. En definitiva, somos sus esclavos. Sin embargo, lo somos sin ser conscientes de ello, pues la gran mayoría cree en su palabra y tiene la seguridad de que están actuando para preservar su en realidad ficticia libertad y librarle de unos males que los propios dueños del mundo han creado para atemorizar a su propio pueblo y crearle así dependencia del gobierno y sus ejércitos.

Por otra parte, orientan la ciencia y la tecnología a crear elementos de destrucción de naciones con el único fin de colonizarlas e imponer su modelo “perfecto” derrocando a un tirano que anteriormente ellos mismos colocaron, desintegrando así de un plumazo la soberanía de ese pueblo, su cultura y su identidad.

En el ámbito científico-filosófico, nos crean concepciones erróneas sobre nuestra propia naturaleza basando el paradigma científico en un nihilismo materialista que no atiende en absoluto a otras dimensiones del ser que no sean la puramente atómica. Quieren hacernos creer que nuestra esencia se halla en una molécula de ácido nucleico y depende única y exclusivamente de una mera secuencia de bases de nitrógeno. ¡Qué gran insulto a ese primer hombre, a cuya inteligencia y pericia hemos debido durante miles y miles de años poseer esa faceta creadora y consciente, característica y exclusiva de nosotros mismos, diferenciadora de todo demás ser existente!

Esta concepción de la naturaleza humana se transforma en un marco de pensamiento general completamente antifinalista y que contempla la naturaleza como algo en lo que impera el azar, en la cual nunca podríamos potenciar la más distinguida de nuestras facetas, y consecuentemente, estar carentes de destino y de razón de ser.

A la vista está el resultado de esta repulsiva operación: ¿qué porcentaje de personas sería capaz actualmente de contestar quiénes son, de dónde vienen y a dónde van en este mundo? Tristemente, uno muy bajo. De hecho, la gran mayoría de ya no solo jóvenes, adultos también, buscan “algo” con lo que intentar rellenar ese hueco que hay dentro de ellos, y el resultado no es otro que una serie de modas y corrientes estéticas generalmente importadas del extranjero que en realidad no se corresponden con lo que debería ser. Se crea así una sociedad dividida en tribus que a ninguna parte va. Y todo se debe a la ocultación de su verdadera identidad, que ha quedado rezagada en alguna parte de la Historia. El no tener sentimiento de Patria, el negar la cultura de nuestros antepasados y nuestras raíces nos convierte en el animal que antes fuimos. No nos une nada entre nosotros. Y, por ende, carecemos de todo futuro y de un verdadero progreso humano.

Parece ser que en la actualidad tener un ideal patriótico e identitario es algo arcaico, carente de sentido en el mundo de hoy, donde todo el mundo es libre y como tal puede desarrollar su propia personalidad como pretenda, sin estar sujeto a ningún tipo de moral preestablecida. Pero la verdad es que este individualismo tan defendido por los llamados “progresistas” lo que está haciendo es sumirnos en el mayor atasco en cuanto a realización humana que ha padecido el Hombre desde que es Hombre. En resumidas cuentas, en el no-progreso.

La Nación se comprende como una entidad que surgió con el objetivo de que unos pocos oprimieran a la mayoría para sacar provecho de su esclavitud, no como la cúspide de la pirámide del desarrollo social y coordinante entre humanos en la naturaleza para poder paliar en principio sus necesidades más básicas y posteriormente para poder conseguir su pleno desarrollo como ser humano.

La sociedad de hoy ya no entiende el principio por el cual el hombre consiguió ser realmente libre, por el cual consiguió determinar lo bueno y lo perjudicial, de establecer una serie de valores y una cultura que transmitir a sus descendientes para que continuaran con su ascenso en la montaña de la naturaleza. No se entiende que, para ser realmente individual, hay que concebir el grupo como lo primordial, porque el todo no es nada sin los unos de la misma manera que los unos no son nada sin el todo.

Así no vamos a ninguna parte. El hombre actual, incapaz de potenciar y dar rienda suelta a su creatividad ni a su ingenio, está condenado a vivir como un mero animal más. Su único anhelo será conseguir la mayor cantidad de satisfacciones terrenales en un mundo por él concebido como sin verdad ni rumbo. Sí, es cierto que se están consiguiendo cada vez más importantes avances científicos que alargan la vida, mitigan el dolor y facilitan las labores físicas. Pero, como ya queda explicado, son vertientes de la realidad que muy por debajo quedan de aquella que nos hace (o más bien, nos hizo ser) el ser más sublime y magnífico de la creación. Nuestra coordinación, nuestra cultura, nuestros valores y nuestra identidad, en última instancia, son lo que nos convierten en hombres, y en el ejercicio de negarlas y rechazarlas estamos condenándonos a nuestra propia deshumanización.

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Igualdad… ¿natural?

Son muchas las críticas que ha recibido la teoría evolutiva de Darwin y los posteriores estudios y amplificaciones de la misma. Sin embargo, y tras grandes complicaciones en su aceptación, esta teoría ha sido corroborada por la comunidad científica y ha propulsado la instauración de un nuevo paradigma en el mundo de la ciencia. Tras 150 años de la publicación de ‘El Origen de las Especies’ (Charles Darwin, 1859), la mayoría de los expertos en este tema apoyan las ideas darwinianas, exceptuando a esos necios fijistas (o los del diseño inteligente también) que con argumentos dogmáticos y pseudo-científicos intentar refutar la ya mil veces demostrada teoría.

“Entre los individuos que forman una población existe una variabilidad. No hay tan siquiera dos individuos iguales”.

“Serán los seres mejor adaptados los que tengan más probabilidades de sobrevivir y reproducirse legando sus características más favorables a la descendencia”.

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Son ejemplos de ideas que manifiesta la teoría de la selección natural.

Paradójicamente, esta concepción de la naturaleza es contradicha por los modelos políticos que imperan en nuestro planeta: las llamadas “democracias”.

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión y opinión política”. Declaración universal de Derechos Humanos.

“España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Artículo 1 de la constitución española.

“Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”. Declaración de independencia de los Estados Unidos de América.

Lamento discrepar con usted, señor Thomas Jefferson, y con todo el resto de redactores de estos principios, pero aquí lo único que queda evidenciado es la ineficacia de los sistemas políticos que ustedes divulgan, dado que se fundamentan en la igualdad humana. Su ‘democracia’ se encuentra en completa discordancia con la teoría de la selección natural de Charles Darwin. El liberalismo engendra una cantidad mayor de problemas de los que es capaz de solucionar. La implantación de estos modelos políticos lo único que ha hecho es originar una sociedad que actúa cada vez más en contra de la Madre Naturaleza. Todos los pilares sobre los que se asientan sus ideas son débiles en contraposición con el poder natural, al que el hombre debe ajustarse, en vez de tratar de habituar la fuerza de la naturaleza al ser humano, como ustedes pretenden.

Pero esto no es lo peor de todo. Lo peor es que ustedes, llámense liberales, demócratas o ‘progres’, se jactan de reconocer las ideas evolutivas de Darwin mientras actúan continuamente en contra de ellas avalando leyes que proclaman la igualdad humana como algo natural.

No, señores, no. No hay dos seres iguales. Está científicamente demostrado ahora mismo y es inútil seguir defendiéndolo. Lo intentaron, como muchos otros, pero su sistema ya no tiene cabida en nuestro mundo. Algún día, no dentro de mucho, todo lo que ustedes construyeron se resquebrajará y se derrumbará por su propio peso. Será entonces cuando, tal vez, sepamos reconocer nuestros errores y entenderemos la realidad como tal es. Porque si de verdad se persigue ese modelo político infalible, que perdure para siempre, hasta el fin de la Humanidad, deberá estar acorde a las leyes de la Naturaleza. Y la teoría de la selección natural es una ley de la Naturaleza.

Ya va siendo hora de que tomen conciencia de esto, y abandonen ustedes ese proceso de lo que Orwell llamaba ‘doblepensar’, y decidamos ayudar a favorecer la caída de este régimen contrario a la ley natural en favor de uno conforme a ella.

GBE

¿Existe un futuro?

Medios masivos de comunicación como Internet, de entretenimiento como la televisión, de transporte como los automóviles, electrodomésticos que nos facilitan el día a día… progreso.

Sin duda alguna, todos los avances científicos y tecnológicos de los que dispone el ser humano representan la culminación de una etapa evolutiva que ha transcurrido durante millones y millones de años. Y todos ellos han surgido en la última millonésima parte en la que podemos dividir el tiempo desde que los primeros humanos se distanciaron del resto de homínidos hasta la actualidad.

Pero, entre tanta agitación evolutiva en la que el ser humano tanto ha obtenido, también se han dejado escapar una cuantía inimaginable de cosas. Estamos en un mundo en el que los seres humanos podemos vivir sin preocuparnos diariamente de esas necesidades primarias como puede ser tener que obtener cada uno su propio alimento, o construirse uno mismo un refugio donde alojarse. En nuestra sociedad, ya hay gente destinada a ocuparse de esas tareas para que el resto pueda ocuparse de otras y construir así una comunidad eficaz en la que cada uno tiene un propósito y un deber para con el resto de ciudadanos. Y ésta ha sido la clave a través de la cual en una sociedad, han quedado individuos exentos de estas ocupaciones como son obtener recursos para saciar el hambre y conseguir un refugio, de tal manera que han podido dedicarse con más desahogo a otros menesteres, como el arte, la filosofía, la ciencia o la tecnología.

En el presente, la inmensa mayoría de nosotros vive en núcleos urbanos junto a otros miles o incluso millones de semejantes, donde cada uno realizamos nuestra labor social. En estos cúmulos poblacionales contamos con infinidad de comodidades que nos facilitan la vida; como los enormes edificios donde vivimos, dotados con electricidad, agua potable, etc.; o las calles perfectamente asfaltadas por donde circulan nuestros coches para que no tengamos la obligación de ir caminando de un sitio a otro. Y es la naturaleza social del hombre la que ha permitido este colosal progreso del que hasta hoy nos lucramos.

Sin embargo, todo este desarrollo de la civilización está conllevando progresivamente un mayor sacrificio de la faceta más natural del ser humano. A medida que el progreso avanza y la sociedad dispone de tecnologías más sofisticadas, el ser humano se desliga de la naturaleza, hasta el punto de actuar en su contra, perjudicándola y tratándola con desprecio. ¿Se ha de llamar, también a esto, progreso?

Efectivamente, el ser humano es un animal especial, diferente al resto. Gracias a esa capacidad innata de crear y aprovechar los recursos ambientales se ha coronado como el ser más poderoso del planeta Tierra.

Y como animal diferente, actúa de manera diferente.

Las ya conocidísimas y generalmente aceptadas teorías de Darwin postulan que el éxito en la supervivencia de una especie depende de su capacidad para adaptarse al medio en el que vive. El hombre, por su parte, ya no se adapta al medio en el que vive. El hombre adapta el medio en el que vive a sí mismo, conforme a sus necesidades. Es lo que se denomina capacidad técnica.

Esta dimensión en la esfera humana requiere sin lugar a dudas especial atención, ya que puede ocasionar (de hecho, ocasiona) multitud de cambios en nuestro medio que si bien a priori son favorables para nosotros, pueden ir en perjuicio de otros organismos terrestres y de la propia Tierra. No hace falta citar casos de los miles y miles de especies que se ha extinguido gracias a la actividad humana ni citar ejemplos de esos enormes impactos medioambientales que estamos provocando. Nos encontramos ante la sexta gran extinción masiva en la historia de la vida en la Tierra, y somos los únicos y exclusivos responsables de ella.

Y el gran problema, aparte de lo ya citado, es que este aprovechamiento ‘a nuestro favor’ del medio ambiente nos está perjudicando a nosotros mismos. Sí, nuestra adaptación del ambiente se está volviendo en nuestra contra dado que, a pesar de nuestra gran capacidad intelectual respecto a los demás seres terrestres, dependemos del planeta que estamos deteriorando tanto como ellos. Y esto es algo que no se tenía en cuenta hasta hacebien poco. Y sin embargo, a pesar de tener consciencia del daño que nos estamos haciendo a nosotros mismos y a nuestros descendientes, no parece que tengamos la iniciativa de intentar cambiar absolutamente nada de lo que estamos haciendo. Recae sobre nosotros la responsabilidad sobre el futuro ya no solo de la Humanidad, sino de toda la vida conocida en el Universo, la existente en nuestro planeta.

Mientras nuestros gobiernos de jactan de hacer campañas de sensibilización ciudadana y de promover alternativas a favor de obtener un desarrollo sostenible, ellos continúan sin hacer prácticamente nada en contra de esta barbarie. Está claro que ninguno de sus teatrillos, como las reuniones del G-8 o el Protocolo de Kyoto, están dando resultados. Al contrario. Estados Unidos sigue siendo el responsable, como mucho antes de haberse promulgado la creación del Protocolo de Kyoto, de emitir a la atmósfera más de la cuarta parte de las emisiones del dióxido de carbono mundial. Mientras, por su parte, China e India multiplican exponencialmente su nivel contaminación industrial como consecuencia de su imparable desarrollo económico.

¿Y cómo se puede acabar con todo esto? ¿De quién depende?

Evidentemente, los gobiernos actuales poco dispuestos están a tomar medidas ante este cataclismo a nivel mundial. Pero cada uno de nosotros, individualmente, podemos reflexionar acerca de nuestro futuro, cada vez menos lejano, y responsabilizarnos sobre lo que consumimos y a quién elegimos para nuestra representación política. O, por otra parte, podemos mirar hacia otro lado haciendo caso omiso del nefasto devenir que concierne a todo modo de vida existente, mientras la Tierra llora.