Medios de comunicación

La Inquisición – 14/08/2010

En un mundo como en el que vivimos es común y aceptado tomar cuanta información se nos muestra como verdadera e indiscutible, máxime si procede de medios tales como la televisión, la radio u otro espacio cuya masiva audiencia da una falsa sensación de garantía de veracidad e imparcialidad.

Sin embargo, se trata de algo ilusorio, y el hecho de que todos los medios muestren al unísono la misma información no confirma su fidelidad. Al contrario, ocurre que todos los grandes medios de comunicación de masas tienen una coincidencia de intereses que -salvaguardando algunos detalles ideológicos irrelevantes desde un punto de vista global- hacen mostrar el mismo tipo de noticias al público.

¿Qué intereses son esos? ¿A qué corresponden?

Los mass-media siempre son propiedad de grandes capitalistas cuyo negocio no se reduce únicamente a la información. De hecho, en la mayoría de los casos la posesión de un medio de comunicación dentro de un holding empresarial no es un fin comercial en sí, sino un medio que afiance, de cara al ciudadano, la buena imagen de las demás empresas del mismo propietario.

De esta manera surgen fuentes de información que ya de base están condicionadas, de modo que si el medio de comunicación pertenece al mismo propietario que una petrolera, mostrará unas noticias relativas a ésta siempre favorables y benévolas, aunque en realidad esa petrolera, por poner un ejemplo, vierta desperdicios al mar o explote a sus trabajadores. Serán cosas que el medio tenderá a censurar.

Por otra parte, está la publicidad. Actualmente la mayoría de ingresos en TV, radio, periódicos y revistas proceden directamente de la publicidad a la que dan soporte. Esto supone otro gran condicionante, pues las empresas que se anuncian nunca permitirían que el medio en el cual se hacen conocer emitiera noticias adversas a su imagen y a sus productos, por malos que éstos sean. De esta manera el medio, con el fin de no perder su fuente de ingresos, nunca mostrará ninguna noticia desfavorable relativa a los anunciantes.

Las firmas comerciales utilizarán los teóricamente fiables medios de comunicación siempre bajo su criterio, que no es otro que vender sus productos a un público contando con su beneplácito.

Desde una perspectiva más global, para entender por qué en casi la totalidad de los aspectos geopolíticos del mundo todos los medios están de acuerdo, hay que hacer un análisis de las implicaciones de las multinacionales en los diferentes gobiernos de cada nación.

En un mundo que tiende cada vez más y más al anarcocapitalismo, las multinacionales van acaparando progresivamente todo el poder que pueden en detrimento de los gobiernos soberanos. Aunque este es otro tema de estudio, cabe tener en cuenta que el neoliberalismo -la doctrina imperante en este siglo XXI- otorga cada vez más competencias al sector privado, desentendiéndose los gobiernos (y, por extensión, los pueblos) de garantizar derechos tan básicos como son la sanidad y la educación.

Llega un momento en que el capitalismo ha supeditado las soberanías nacionales a los grandes capitales de tal manera que cualquier decisión tomada por un gobierno se corresponde a las pretensiones del Capital, y de nadie más, ni siquiera del pueblo que le confió su voto en un vano intento por decidir su destino en la historia.

Los medios de comunicación nunca mostrarán este tipo de relación, y se limitarán a mentir en aras de contar con la aprobación popular en todo lo concerniente al interés del Capital.

Así, una guerra contra un país rico en reservas petrolíferas, cuya única finalidad radica en el control de esas reservas por parte del Capital, puede ser vista por la muchedumbre como una cruzada necesaria para salvaguardar una libertad y una democracia que no son tales, con el pretexto de destruir un terrorismo ficticio o de derrocar a un tirano que nadie sabe qué hace ahí.

Los medios de comunicación, al servicio de su dueño, el Capital, pueden alinear a la opinión pública con los objetivos de sus propietarios, a pesar de que no se correspondan lo más mínimo con el interés general.

De la misma manera que se legitima una guerra popularmente innecesaria, también los medios pueden crear una alarma social afirmando que hay un virus expandiéndose de peligro extremo. Sin embargo, la realidad es que ese virus puede ser, al lado de la gripe común o la malaria, algo realmente insignificante, y que no afecte a prácticamente nadie. Pero el miedo infundido ha servido a las empresas farmacéuticas para vender sus prescindibles productos. Y todo a costa de un terror creado a partir de la nada.

La tergiversación mediática puede llegar a extremos insospechados, y documentar sobre casos concretos daría para escribir un libro. Los medios pueden crear héroes a base de individuos infames, a la vez que demonios partiendo de seres inocentes. Con razón es llamado el Cuarto Poder. Toda una moral puede ser -y de hecho, es- impuesta de manera uniforme a un público que por pasividad o ignorancia no hace nada por buscar medios alternativos para nutrirse de verdadera -o por lo menos no tan falsa- información.

No tiene perdón, contando actualmente con recursos como Internet, que nadie intente documentarse acerca de todo cuanto le atañe de manera precisa, desconfiando de lo que muestra la tan incomprensiblemente amada televisión.

Al final, como todo, esto queda reducido al grado de voluntad que tiene un individuo para abrir los ojos y comprender cómo es el mundo en realidad, a su fuerza de repulsión ante lo que le es dado así sin más, a su grado de aceptación o rechazo de lo pasivo y elaborado.

Claro que es más fácil quedarse con lo que cuentan que buscar e investigar sobre cualquier hecho. La falta de interés y de voluntad que esgrime el pensamiento único imperante por medio de erróneas idealizaciones en Hollywood y todo el arte de consumo, se traduce en una deshumanización tal que a medida que pasa el tiempo nuestro mundo se asemeja más a la distopía orwelliana.

Incapaz de observar, incapaz de comprender, e incapaz de crear, el hombre moderno asiste como un mero espectador a un teatro llamado Realidad que cada día se supera en lo inhumano y en lo irracional. Hemos necesitado 3 millones de años para pasar de ser monos a simples hormigas, y llegado un momento no cabrá ya posibilidad de involución.

Problemas de Identidad, problemas del Ser.

La deshumanización del ser humano está en proceso. Al parecer, nadie es capaz de verlo, pero la cuestión es que la Humanidad se encuentra actualmente en un punto de inflexión en su desarrollo evolutivo.

Sin duda alguna, echando una mirada hacia atrás, podremos ver cómo, sobre todo en estos últimos dos siglos, ha tenido lugar un desarrollo tecnológico tan sofisticado que ha sido capaz de eximir al hombre de estar sujeto a prácticamente todas las leyes naturales a las que antes rendía cuentas todo ser viviente. Esta capacidad técnica ha sido la culminación de un desarrollo evolutivo intelectual llevado a cabo durante más de 3 millones de años.

Es incuestionable la excepcional labor que ha tenido la naturaleza al otorgar al Hombre, la especie privilegiada, una facultad que ha sido capaz de desembarazar a éste de ella misma. Y a la vista está: las grandes ciudades, los medios de transporte, los de comunicación, la sanidad… la mayoría de nosotros pasamos los días sin prácticamente rozar ni ser influidos por ningún elemento natural. 

Sin embargo, en este sensacional camino el hombre ha extraviado algo que antes era inherente a él, algo que, durante estos últimos siglos se ha ido desvaneciendo a medida que aumentaba su habilidad técnica y eran hartadas sus necesidades más primarias. Algo que era fruto en principio de su inteligencia, su capacidad social, de coordinación con demás semejantes, de su naturaleza. A ése algo el hombre le debe haber llegado a donde está, y su pérdida producirá que su fascinante avance respecto a las demás criaturas no pueda continuar como ha hecho hasta ahora. Esto es, su identidad.

Este mundo globalizado y la sociedad de consumo han extirpado al hombre el más preciado de sus seres: el hecho de ser quienes son, el poder diferenciarse del resto, de poseer un auténtico yo, de tener respuesta ante la pregunta “¿quién soy?”, de poder situarse a si mismo en la naturaleza, de tener conciencia de su ser.

Y ya no es que en la sociedad actual esté infravalorado el hecho de “poder ser”. Es que, de alguna manera, está mal visto, es intolerado y muchas veces aborrecido.

Las primeras sociedades humanas se formaron para satisfacer las primeras necesidades del ser humano. La coordinación consciente entre éstos permitió que consiguieran lo que individualmente habría sido imposible para ellos. Y es en este momento de la Historia cuando, gracias al establecimiento social, surge la cultura. Esto implicó que brotaran las primeras manifestaciones artísticas y técnicas, así como el lenguaje y los valores. A partir de aquí, el homínido empieza a ser Hombre, comienza a comprender su situación, a entender que el uno no es nada sin el resto. La aparición de la cultura se debió a la necesidad explícita de transmitir todo su avance inteligente a los siguientes para garantizar su perpetuidad.

De esta manera, los diferentes grupos humanos comenzaron a forjar su identidad. La cultura característica de cada comunidad se lo otorgó. Empezaron a ser “estos” y “aquellos”, a ponerse nombres, a elaborar sus leyes, su lenguaje, sus mejores formas de organización y ponderar qué era o no beneficioso para su grupo.

La aparición de la identidad, por tanto, se debe a la cultura, y ésta a crear una serie de vínculos tanto físicos como intelectuales entre los individuos que conforman la sociedad para, en último término, poder satisfacer la mayor parte de sus necesidades.

Se podría decir, entonces, que la identidad del ser humano es fruto de algo que va más allá de la propia naturaleza. El ser humano es el único ser capaz de coordinarse con otros teniendo conciencia de sí mismo para obtener sus fines, y eso es porque es el único dotado de la inteligencia necesaria como para poderse ver a sí mismo en la naturaleza.

Bien es cierto que existen otras numerosas especies de seres que son capaces de colaborar entre sí y formar sociedades. Sin embargo, por contra, el ser humano tiene inteligencia. Es de lo que se sirve para crear su sociedad, a diferencia de por ejemplo las hormigas, cuyo método de comunicación se basa en una mera secreción química que muy lejos queda de la actividad lingüística y consciente del ser humano.

Ese es el origen, nuestro origen. El auge de un ser que ha sido capaz de orientarse y dar pasos hacia adelante hasta que se encontró con la obstrucción de un mundo globalizado tendente a la uniformidad.

Los seres humanos de nuestros tiempos, en mucho se diferencian de aquellos primeros hombres que, aunque frágiles y endebles en su fisonomía, consiguieron hacerse los reyes del mundo.

Actualmente viven en el mundo seis mil millones de seres humanos. Sin embargo, en esa estremecedora cifra se hallan tan solo unos pocos que, como los primeros hombres, tienen verdadera conciencia de sí mismos, son capaces de mirar hacia el cielo y comprender su situación en la naturaleza.

La razón de que se halla producido esta deshumanización entre los seres humanos corresponde al lucro que tiene el Gran Poder que dirige el mundo en anular al ser humano en cuanto tal.

Ese interés radica en que las cuatro manos que dirigen nuestro mundo detenten el poder absoluto, centralizado en ellas de tal manera que sea cual sea su voluntad se cumpla en cualquier momento y lugar. La ambición de esos tan pocos diablos es lo que está haciendo que la Humanidad y todos sus prodigios se arruinen y sea su camino la perdición.

La comprensión de esta situación es compleja y su superación constituye el mayor reto en la historia del Hombre.

El Gran Poder ha creado a lo largo de los últimos tiempos un modelo económico, social, científico y filosófico que se ajusta perfectamente a su plan de dominación total, y la sociedad de consumo es el resultado de sus pretensiones.

El mundo actual se nos es presentado como un mundo culminante, y si bien deja mostrar algunas imperfecciones a sus ciudadanos, serán siempre el objeto de remiendo inmediato. Los pilares sobre los que se jactan de afirmar que está asentado el Orden Mundial son la democracia, la igualdad y la justicia. Sin embargo, estas premisas quedan muy distanciadas de la verdad en la cual nos encontramos. Gracias a la globalización y al íntegro alcance de los medios de comunicación, todos los seres humanos somos contaminados con propaganda del Gran Poder sin apenas darnos cuenta: programas de televisión, radio, películas, prensa… Estamos sometidos a una completa manipulación lógica por parte de quienes pretenden anularnos. Y lo consiguen. Votamos a quienes nos muestran como más convenientes, compramos lo que dicen que necesitamos, firmamos lo que nos piden, damos el visto bueno a la existencia de guerras injustas, etc. En definitiva, somos sus esclavos. Sin embargo, lo somos sin ser conscientes de ello, pues la gran mayoría cree en su palabra y tiene la seguridad de que están actuando para preservar su en realidad ficticia libertad y librarle de unos males que los propios dueños del mundo han creado para atemorizar a su propio pueblo y crearle así dependencia del gobierno y sus ejércitos.

Por otra parte, orientan la ciencia y la tecnología a crear elementos de destrucción de naciones con el único fin de colonizarlas e imponer su modelo “perfecto” derrocando a un tirano que anteriormente ellos mismos colocaron, desintegrando así de un plumazo la soberanía de ese pueblo, su cultura y su identidad.

En el ámbito científico-filosófico, nos crean concepciones erróneas sobre nuestra propia naturaleza basando el paradigma científico en un nihilismo materialista que no atiende en absoluto a otras dimensiones del ser que no sean la puramente atómica. Quieren hacernos creer que nuestra esencia se halla en una molécula de ácido nucleico y depende única y exclusivamente de una mera secuencia de bases de nitrógeno. ¡Qué gran insulto a ese primer hombre, a cuya inteligencia y pericia hemos debido durante miles y miles de años poseer esa faceta creadora y consciente, característica y exclusiva de nosotros mismos, diferenciadora de todo demás ser existente!

Esta concepción de la naturaleza humana se transforma en un marco de pensamiento general completamente antifinalista y que contempla la naturaleza como algo en lo que impera el azar, en la cual nunca podríamos potenciar la más distinguida de nuestras facetas, y consecuentemente, estar carentes de destino y de razón de ser.

A la vista está el resultado de esta repulsiva operación: ¿qué porcentaje de personas sería capaz actualmente de contestar quiénes son, de dónde vienen y a dónde van en este mundo? Tristemente, uno muy bajo. De hecho, la gran mayoría de ya no solo jóvenes, adultos también, buscan “algo” con lo que intentar rellenar ese hueco que hay dentro de ellos, y el resultado no es otro que una serie de modas y corrientes estéticas generalmente importadas del extranjero que en realidad no se corresponden con lo que debería ser. Se crea así una sociedad dividida en tribus que a ninguna parte va. Y todo se debe a la ocultación de su verdadera identidad, que ha quedado rezagada en alguna parte de la Historia. El no tener sentimiento de Patria, el negar la cultura de nuestros antepasados y nuestras raíces nos convierte en el animal que antes fuimos. No nos une nada entre nosotros. Y, por ende, carecemos de todo futuro y de un verdadero progreso humano.

Parece ser que en la actualidad tener un ideal patriótico e identitario es algo arcaico, carente de sentido en el mundo de hoy, donde todo el mundo es libre y como tal puede desarrollar su propia personalidad como pretenda, sin estar sujeto a ningún tipo de moral preestablecida. Pero la verdad es que este individualismo tan defendido por los llamados “progresistas” lo que está haciendo es sumirnos en el mayor atasco en cuanto a realización humana que ha padecido el Hombre desde que es Hombre. En resumidas cuentas, en el no-progreso.

La Nación se comprende como una entidad que surgió con el objetivo de que unos pocos oprimieran a la mayoría para sacar provecho de su esclavitud, no como la cúspide de la pirámide del desarrollo social y coordinante entre humanos en la naturaleza para poder paliar en principio sus necesidades más básicas y posteriormente para poder conseguir su pleno desarrollo como ser humano.

La sociedad de hoy ya no entiende el principio por el cual el hombre consiguió ser realmente libre, por el cual consiguió determinar lo bueno y lo perjudicial, de establecer una serie de valores y una cultura que transmitir a sus descendientes para que continuaran con su ascenso en la montaña de la naturaleza. No se entiende que, para ser realmente individual, hay que concebir el grupo como lo primordial, porque el todo no es nada sin los unos de la misma manera que los unos no son nada sin el todo.

Así no vamos a ninguna parte. El hombre actual, incapaz de potenciar y dar rienda suelta a su creatividad ni a su ingenio, está condenado a vivir como un mero animal más. Su único anhelo será conseguir la mayor cantidad de satisfacciones terrenales en un mundo por él concebido como sin verdad ni rumbo. Sí, es cierto que se están consiguiendo cada vez más importantes avances científicos que alargan la vida, mitigan el dolor y facilitan las labores físicas. Pero, como ya queda explicado, son vertientes de la realidad que muy por debajo quedan de aquella que nos hace (o más bien, nos hizo ser) el ser más sublime y magnífico de la creación. Nuestra coordinación, nuestra cultura, nuestros valores y nuestra identidad, en última instancia, son lo que nos convierten en hombres, y en el ejercicio de negarlas y rechazarlas estamos condenándonos a nuestra propia deshumanización.