La aventura del rebelde

JESÚS J. SEBASTIÁN

La existencia de una supuesta tendencia humana hacia la igualdad, la nivelación en todos los órdenes, fenómeno que Ratheneau calificaba como la invasión vertical de los bárbaros o la revolución por lo bajo (Revolution von unten) de Spengler, es una afirmación rigurosamente inexacta. El hombre es un ser naturalmente inconformista, competitivo y ambicioso, al menos, en un sentido progresivo y evolutivo. El mito de la igualdad deja paso a la lucha eterna por la diferenciación.

Y este concepto dinámico se integra en la sociedad mediante dos polos opuestos que originan en ella un movimiento de tensión-extensión: minorías y masas, formadas por hombres-señores o por hombres-esclavos, estos últimos seres mediocres en los que se repite un tipo genérico definido de antemano por los valores imperantes de la moral burguesa o progresista triunfante en cada momento o por los dictados de la modernidad, siervos de una civilización decadente que pugna por la nueva nivelación-igualación consistente en rebajar o disminuir a los que se sitúan por encima atrayéndolos a un estrato inferior. El combate por la libertad cede ante la búsqueda de una felicidad gratuita.

Nietzsche expuso su antítesis entre una “moral de señores”, aristocrática, propia del espiritualismo en sentido europeo intrahistórico, y una “moral de esclavos”, de resentimiento, que correspondería al cristianismo, al bolchevismo y al capitalismo demoliberal. Es la naturaleza la que establece separaciones entre los individuos “espirituales”, los más fuertes y enérgicos y los “mediocres”, que son mayoría frente a “los menos”, una “casta” que anuncia el advenimiento del “superhombre” (Übermensch). El “mensajero del nihilismo” fue un predicador militante contra el orden caduco y la moral convencional, pero lo hacía desde un profundo individualismo que se oponía a las distintas formas de dominio ejercidas sobre las masas con el oscuro objetivo de anular toda personalidad.

Y es aquí cuando percibimos que la figura solitaria, dramática y patética del rebelde, del anticonformista, parece haber desaparecido de la sociedad posmoderna. El declive del romanticismo y el advenimiento de la sociedad de masas han puesto de manifiesto la crisis del héroe, del intelectual comprometido con la disensión y la protesta, reduciéndolo a un mero personaje de ficción literaria. El neoconformista interpreta toda renovación como un atentado contra su seguridad. Atemorizado por el riesgo y la responsabilidad inherente al difícil ejercicio de la libertad personal, aprieta filas con el modelo colectivo. Es el hombre heterodirigido de Riesman o el hombre masa de Ortega y Gasset. Sin embargo, a lo largo del pasado siglo, diversos movimientos han respondido, intuitivamente en la mayoría de las ocasiones, enérgicamente las menos, contra esta homogeneización de las formas de vida.

Durante la década de los cincuenta aparecieron los llamados jóvenes airados o generación beat, espíritus extravagantes caracterizados por sus deseos de romper con las reglas del orden constituido. Forman un grupo promiscuo de bohemios, artistas fracasados, vagabundos, toxicómanos, asociales inadaptados y genios incomprendidos. Mezclan, en extraña confusión, ciertos gestos incomformistas respecto al sexo, las drogas, la amistad, con actitudes intolerantes hacia las formas de vida social, familiar e individual establecidas. Viven en pequeñas comunidades, desprecian el dinero, el trabajo, la moral y la política. Su culto a la rebelión anárquica se resuelve en una técnica existencial autodestructiva que suele concluir en el psiquiátrico, el reformatorio o el presidio. Los beats, en medio de la alucinación y el desespero intelectual, degeneraron en lo absurdo, porque absurdo era el mundo en el que estaban obligados a vivir.

Marcuse, símbolo de la protesta estudiantil de los sesenta, intuía la contracultura como una gran negación y, como toda actitud negativa, suponía la afirmación de unos valores opuestos a la cultura en su sentido clásico. El mayo francés, con su imaginación al poder, dio vida efímera al fenómeno de la contracultura.: su temporalidad se debió, sin duda, a su carácter de negación, «porque aquel que reacciona contra algo afirmado no tiene iniciativa en la acción», en expresión de Evola. La contracultura intentó construir una alternativa diferente al futuro tecno-industrial, renovando la caduca cultura occidental a través de una revolución psicológica de la automarginalidad.

Por otra parte, la infracultura delincuente constituye una auténtica anticultura, cuyocódigo de honor consiste en trastornar las normas justas —o, al menos, aceptadas colectivamente— de la cultura dominante, a través de la ritualización de la hostilidad gratuita y el vandalismo, erigidos como principios éticos que no se dirigen a la obtención de un lucro inmediato, sino a la posesión del placer por lo ilícito, del riesgo por la violación de un tabú. Su comportamiento es incontrolado, carente de toda lógica, y su actuación es hedonista, inmediata, no programada, lo que la diferencia de la delincuencia profesional. Este tipo de rebelde fracasado, surgido de los sectores menos favorecidos —ahora la extracción se produce también entre los niños pijos consentidos—, ve en la propiedad ajena el símbolo tangible del éxito, razón por la cual su apropiación o destrucción constituye una singular venganza, un camino más sencillo que el de la autodisciplina, el sacrificio o el valor del trabajo.

La cultura urbana, a través de expresiones musicales como el rock y sus más modernos ritmos afroamericanos y de sus depresiones alucinógenas —mezcla de drogas, alcohol, música e imágenes estereotipadas—, ha creado nuevos tipos de protesta uniformada, es decir, una paradójica protesta neoconformista, totalmente absorbida por el sistema y por las corrientes de la moda. En nuestro país, este fenómeno de hastío moral degeneró en lamovida, un mero gesto contradictorio expresado por las vías del espectáculo huero y el sensacionalismo absurdo. La movida, de repente, reaccionando en sentido contrario a la ley física que le dio su nombre, se detuvo. La vaciedad de su contenido provocó su muerte prematura.

De todo lo anterior se desprende que los hijos de la posmodernidad han aprendido una lección: la inutilidad del acto de protesta institucionalizado y la conveniencia de aceptar las leyes de la sociedad capitalista. Y he aquí que el antiguo revolucionario cambia de uniforme y se entrega en manos de la ambición desmedida, de la competitividad, el consumismo y la seducción. Es el prototipo del nuevo burgués descrito por Alain de Benoist. Mientras los medios de comunicación difunden este tipo humano robotizado, la publicidad lo eleva al altar como único ejemplo de valores eternos que merece la pena imitar. La fórmula lucro-especulación más placer teledigirido, divulgada por la estética urbana, fría y despersonalizada, ha triunfado finalmente.

En el lado opuesto se sitúan, incómodos y descolgados del tren pseudoprogresista, losnuevos bárbaros, personajes que parecen extraídos de los mitos de la literatura fantástica. Son auténticos rebeldes que rechazan, a veces cruentamente, el código cultural y moral hegemónico. Retorno a las formas naturales, gusto por el misticismo, espíritu de combate, tendencia al caudillismo y al sectarismo organizativo, pretensiones literarias y filosóficas, actuación marginal, a veces incluso extremista, son las líneas básicas que los definen, como si constituyesen una recreación de las bestias rubias de Nietzsche. Su inconfesable propósito es sustituir el espacio cibernético de Spielberg por la espada mágica de Tolkien.

Pero también hoy nos encontramos con un nuevo tipo de rebelde, que lucha por hacerse un sitio en el bestiario de la sociedad tecno-industrial. Es el hombre duro, incombustible emocional y espiritualmente, eternamente en camino, en constante metamorfosis nietzscheana, que ejerce su profesión como actividad no especulativa, que defiende su ámbito familiar y relacional como último e inviolable reducto de su intimidad, que participa con actitud militante en la formación de la opinión pública, que en fin, subraya sus rasgos propios frente a la masa y que está dispuesto a sacrificar su individualismo en aras de valores comunitarios superiores. No es hombre de protestas gratuitas o solemnidades falsamente revolucionarias. Busca la autenticidad a través de la resistencia a lo habitual, como un gerrillero schmittiano, aunque esta resistencia sea dolorosa y desgarradora porque se dirige, sobre todo, hacia el interior de sí mismo. En ocasiones también, su dramática existencia y el repudio de la sociedad demoliberal, le acercan a la revolución nihilista de los nuevos bárbaros. Este proyecto humano es aventura, destino no propuesto, la dimensión heróica y trágica del rebelde de Jünger, del nuevo hombre que resulta enormemente peligroso para el inmovilismo.

Extracto de: El Manifiesto

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Se aprueba la “Ley de la Muerte”

MADRID (NOVOpress) – La eufemísticamente llamada “Ley de Salud Sexual y Reproductiva e Interrupción Voluntaria del Embarazo” fue aprobada por el Senado en el día de ayer, rechazando todos los vetos y enmiendas, y entrará en vigor dentro de cuatro meses.

Parte de la ley que permitirá el aborto libre sin ningún tipo de responsabilidad penal durante las primeras semanas de gestación (fuera de los casos estrictamente médicos de riesgo para la salud de la madre o del feto, perfectamente comprensibles) fue aprobada ayer en el Senado, con el voto a favor de PSOE, Entesa, PNV, BNG, tres miembros de CiU, dos independientes, uno de PSM y uno de Coalición Canaria, entre aplausos, sonrisas, besos, abrazos y felicitaciones, jactándose de haber aprobado la Ley que ampara el infanticidio en España.

La Ley partió del Ministerio de Sanidad y el de Igualdad, lo que ya de por sí es todo un despropósito. El Ministerio de la inexperta Bibiana Aído es un ente cargado de resentimiento de género, y dedicado casi en exclusiva a promover la discriminación positiva (discriminación al fin y al cabo), por lo que deviene totalmente incapaz para pronunciarse sobre el aborto. De facto se le esta dando la posibilidad a que una feminista radical (que siente un odio visceral hacia el hombre, el cual representa la otra parte de la paternidad y que también tiene derecho a opinar sobre la vida de su progenie) legisle sobre el aborto en base a unos supuesto derechos abstractos que la mujer tiene por el mero hecho de serlo. De ninguna manera. Cualquier derecho abstracto que pudiera tener, por el mero hecho de ser mujer, por difícil que fuera, encuentra su limite en el más alto bien jurídico que el Ordenamiento que defienden contempla, cual es la vida. Nadie puede decidir sobre la vida ajena.

Sin entrar sobre en que periodo de tiempo el feto se le puede dotar de personalidad, antes incluso de su formación con figura humana, estaríamos hablando en el peor de los casos de un proyecto de vida, lo que ya de por sí es suficientemente valioso para que gozase de toda la protección jurídica que la persona posee.

La Ley contempla el aborto totalmente libre hasta un plazo máximo de 14 semanas ampliables a 22 cuando exista riesgo para la vida de la madre o la integridad del feto. Además incluye una modificación de la Ley del Paciente por la que una menor de 16 o más podrá someterse a una intervención quirúrgica abortiva sin necesidad del consentimiento paterno, convirtiendo este en un mero sistema anticonceptivo más. Esto parece contar con menos apoyos parlamentarios. Así Aído ha señaló que trataría de “encontrar un punto de equilibrio entre las diferentes propuestas de los distintos grupos parlamentarios en aras del mayor consenso posible”. Un brindis al sol.

Detrás de los supuestos de protección de los derechos de las madres de los que se jacta Aído, se encuentra el resentimiento y una voluntad de imposición de género de la Ministra, que se va a traducir en la muerte de millones de niños no nacidos, engordando las cifras de lo que se considera todo un genocidio democrático.

Una Ley Sin apoyo.

Una reciente encuesta realizada por Sigma 2, revela que el 40,5 por ciento de los españoles rechaza la reforma de la Ley del Aborto. Otro 22 no se pronunció al respecto.
De ello resulta que tan sólo un 36,7 % apoya la Reforma de la Ley del Aborto que el Gobierno socialista plantea.

Aído y toda la progresía femenina se han congratulado ostentosamente de que ayer se aprobara la “Ley de la Muerte” y ha señalado vergonzosamente que “ya es hora de romper una lanza a favor de la responsabilidad de las mujeres ante la maternidad”.

Basta ya de promover y celebrar la muerte en nombre de una imposición disfrazada de defensa de la igualdad y los derechos de la mujer. La conclusión es clara: El aborto totalmente libre no es un derecho de la mujer; la vida es un derecho del niño. Porque nadie pueda decidir sobre la vida ajena.

Extracto de: Novopress

Igualdad… ¿natural?

Son muchas las críticas que ha recibido la teoría evolutiva de Darwin y los posteriores estudios y amplificaciones de la misma. Sin embargo, y tras grandes complicaciones en su aceptación, esta teoría ha sido corroborada por la comunidad científica y ha propulsado la instauración de un nuevo paradigma en el mundo de la ciencia. Tras 150 años de la publicación de ‘El Origen de las Especies’ (Charles Darwin, 1859), la mayoría de los expertos en este tema apoyan las ideas darwinianas, exceptuando a esos necios fijistas (o los del diseño inteligente también) que con argumentos dogmáticos y pseudo-científicos intentar refutar la ya mil veces demostrada teoría.

“Entre los individuos que forman una población existe una variabilidad. No hay tan siquiera dos individuos iguales”.

“Serán los seres mejor adaptados los que tengan más probabilidades de sobrevivir y reproducirse legando sus características más favorables a la descendencia”.

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Son ejemplos de ideas que manifiesta la teoría de la selección natural.

Paradójicamente, esta concepción de la naturaleza es contradicha por los modelos políticos que imperan en nuestro planeta: las llamadas “democracias”.

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión y opinión política”. Declaración universal de Derechos Humanos.

“España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Artículo 1 de la constitución española.

“Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”. Declaración de independencia de los Estados Unidos de América.

Lamento discrepar con usted, señor Thomas Jefferson, y con todo el resto de redactores de estos principios, pero aquí lo único que queda evidenciado es la ineficacia de los sistemas políticos que ustedes divulgan, dado que se fundamentan en la igualdad humana. Su ‘democracia’ se encuentra en completa discordancia con la teoría de la selección natural de Charles Darwin. El liberalismo engendra una cantidad mayor de problemas de los que es capaz de solucionar. La implantación de estos modelos políticos lo único que ha hecho es originar una sociedad que actúa cada vez más en contra de la Madre Naturaleza. Todos los pilares sobre los que se asientan sus ideas son débiles en contraposición con el poder natural, al que el hombre debe ajustarse, en vez de tratar de habituar la fuerza de la naturaleza al ser humano, como ustedes pretenden.

Pero esto no es lo peor de todo. Lo peor es que ustedes, llámense liberales, demócratas o ‘progres’, se jactan de reconocer las ideas evolutivas de Darwin mientras actúan continuamente en contra de ellas avalando leyes que proclaman la igualdad humana como algo natural.

No, señores, no. No hay dos seres iguales. Está científicamente demostrado ahora mismo y es inútil seguir defendiéndolo. Lo intentaron, como muchos otros, pero su sistema ya no tiene cabida en nuestro mundo. Algún día, no dentro de mucho, todo lo que ustedes construyeron se resquebrajará y se derrumbará por su propio peso. Será entonces cuando, tal vez, sepamos reconocer nuestros errores y entenderemos la realidad como tal es. Porque si de verdad se persigue ese modelo político infalible, que perdure para siempre, hasta el fin de la Humanidad, deberá estar acorde a las leyes de la Naturaleza. Y la teoría de la selección natural es una ley de la Naturaleza.

Ya va siendo hora de que tomen conciencia de esto, y abandonen ustedes ese proceso de lo que Orwell llamaba ‘doblepensar’, y decidamos ayudar a favorecer la caída de este régimen contrario a la ley natural en favor de uno conforme a ella.

GBE