La aventura del rebelde

JESÚS J. SEBASTIÁN

La existencia de una supuesta tendencia humana hacia la igualdad, la nivelación en todos los órdenes, fenómeno que Ratheneau calificaba como la invasión vertical de los bárbaros o la revolución por lo bajo (Revolution von unten) de Spengler, es una afirmación rigurosamente inexacta. El hombre es un ser naturalmente inconformista, competitivo y ambicioso, al menos, en un sentido progresivo y evolutivo. El mito de la igualdad deja paso a la lucha eterna por la diferenciación.

Y este concepto dinámico se integra en la sociedad mediante dos polos opuestos que originan en ella un movimiento de tensión-extensión: minorías y masas, formadas por hombres-señores o por hombres-esclavos, estos últimos seres mediocres en los que se repite un tipo genérico definido de antemano por los valores imperantes de la moral burguesa o progresista triunfante en cada momento o por los dictados de la modernidad, siervos de una civilización decadente que pugna por la nueva nivelación-igualación consistente en rebajar o disminuir a los que se sitúan por encima atrayéndolos a un estrato inferior. El combate por la libertad cede ante la búsqueda de una felicidad gratuita.

Nietzsche expuso su antítesis entre una “moral de señores”, aristocrática, propia del espiritualismo en sentido europeo intrahistórico, y una “moral de esclavos”, de resentimiento, que correspondería al cristianismo, al bolchevismo y al capitalismo demoliberal. Es la naturaleza la que establece separaciones entre los individuos “espirituales”, los más fuertes y enérgicos y los “mediocres”, que son mayoría frente a “los menos”, una “casta” que anuncia el advenimiento del “superhombre” (Übermensch). El “mensajero del nihilismo” fue un predicador militante contra el orden caduco y la moral convencional, pero lo hacía desde un profundo individualismo que se oponía a las distintas formas de dominio ejercidas sobre las masas con el oscuro objetivo de anular toda personalidad.

Y es aquí cuando percibimos que la figura solitaria, dramática y patética del rebelde, del anticonformista, parece haber desaparecido de la sociedad posmoderna. El declive del romanticismo y el advenimiento de la sociedad de masas han puesto de manifiesto la crisis del héroe, del intelectual comprometido con la disensión y la protesta, reduciéndolo a un mero personaje de ficción literaria. El neoconformista interpreta toda renovación como un atentado contra su seguridad. Atemorizado por el riesgo y la responsabilidad inherente al difícil ejercicio de la libertad personal, aprieta filas con el modelo colectivo. Es el hombre heterodirigido de Riesman o el hombre masa de Ortega y Gasset. Sin embargo, a lo largo del pasado siglo, diversos movimientos han respondido, intuitivamente en la mayoría de las ocasiones, enérgicamente las menos, contra esta homogeneización de las formas de vida.

Durante la década de los cincuenta aparecieron los llamados jóvenes airados o generación beat, espíritus extravagantes caracterizados por sus deseos de romper con las reglas del orden constituido. Forman un grupo promiscuo de bohemios, artistas fracasados, vagabundos, toxicómanos, asociales inadaptados y genios incomprendidos. Mezclan, en extraña confusión, ciertos gestos incomformistas respecto al sexo, las drogas, la amistad, con actitudes intolerantes hacia las formas de vida social, familiar e individual establecidas. Viven en pequeñas comunidades, desprecian el dinero, el trabajo, la moral y la política. Su culto a la rebelión anárquica se resuelve en una técnica existencial autodestructiva que suele concluir en el psiquiátrico, el reformatorio o el presidio. Los beats, en medio de la alucinación y el desespero intelectual, degeneraron en lo absurdo, porque absurdo era el mundo en el que estaban obligados a vivir.

Marcuse, símbolo de la protesta estudiantil de los sesenta, intuía la contracultura como una gran negación y, como toda actitud negativa, suponía la afirmación de unos valores opuestos a la cultura en su sentido clásico. El mayo francés, con su imaginación al poder, dio vida efímera al fenómeno de la contracultura.: su temporalidad se debió, sin duda, a su carácter de negación, «porque aquel que reacciona contra algo afirmado no tiene iniciativa en la acción», en expresión de Evola. La contracultura intentó construir una alternativa diferente al futuro tecno-industrial, renovando la caduca cultura occidental a través de una revolución psicológica de la automarginalidad.

Por otra parte, la infracultura delincuente constituye una auténtica anticultura, cuyocódigo de honor consiste en trastornar las normas justas —o, al menos, aceptadas colectivamente— de la cultura dominante, a través de la ritualización de la hostilidad gratuita y el vandalismo, erigidos como principios éticos que no se dirigen a la obtención de un lucro inmediato, sino a la posesión del placer por lo ilícito, del riesgo por la violación de un tabú. Su comportamiento es incontrolado, carente de toda lógica, y su actuación es hedonista, inmediata, no programada, lo que la diferencia de la delincuencia profesional. Este tipo de rebelde fracasado, surgido de los sectores menos favorecidos —ahora la extracción se produce también entre los niños pijos consentidos—, ve en la propiedad ajena el símbolo tangible del éxito, razón por la cual su apropiación o destrucción constituye una singular venganza, un camino más sencillo que el de la autodisciplina, el sacrificio o el valor del trabajo.

La cultura urbana, a través de expresiones musicales como el rock y sus más modernos ritmos afroamericanos y de sus depresiones alucinógenas —mezcla de drogas, alcohol, música e imágenes estereotipadas—, ha creado nuevos tipos de protesta uniformada, es decir, una paradójica protesta neoconformista, totalmente absorbida por el sistema y por las corrientes de la moda. En nuestro país, este fenómeno de hastío moral degeneró en lamovida, un mero gesto contradictorio expresado por las vías del espectáculo huero y el sensacionalismo absurdo. La movida, de repente, reaccionando en sentido contrario a la ley física que le dio su nombre, se detuvo. La vaciedad de su contenido provocó su muerte prematura.

De todo lo anterior se desprende que los hijos de la posmodernidad han aprendido una lección: la inutilidad del acto de protesta institucionalizado y la conveniencia de aceptar las leyes de la sociedad capitalista. Y he aquí que el antiguo revolucionario cambia de uniforme y se entrega en manos de la ambición desmedida, de la competitividad, el consumismo y la seducción. Es el prototipo del nuevo burgués descrito por Alain de Benoist. Mientras los medios de comunicación difunden este tipo humano robotizado, la publicidad lo eleva al altar como único ejemplo de valores eternos que merece la pena imitar. La fórmula lucro-especulación más placer teledigirido, divulgada por la estética urbana, fría y despersonalizada, ha triunfado finalmente.

En el lado opuesto se sitúan, incómodos y descolgados del tren pseudoprogresista, losnuevos bárbaros, personajes que parecen extraídos de los mitos de la literatura fantástica. Son auténticos rebeldes que rechazan, a veces cruentamente, el código cultural y moral hegemónico. Retorno a las formas naturales, gusto por el misticismo, espíritu de combate, tendencia al caudillismo y al sectarismo organizativo, pretensiones literarias y filosóficas, actuación marginal, a veces incluso extremista, son las líneas básicas que los definen, como si constituyesen una recreación de las bestias rubias de Nietzsche. Su inconfesable propósito es sustituir el espacio cibernético de Spielberg por la espada mágica de Tolkien.

Pero también hoy nos encontramos con un nuevo tipo de rebelde, que lucha por hacerse un sitio en el bestiario de la sociedad tecno-industrial. Es el hombre duro, incombustible emocional y espiritualmente, eternamente en camino, en constante metamorfosis nietzscheana, que ejerce su profesión como actividad no especulativa, que defiende su ámbito familiar y relacional como último e inviolable reducto de su intimidad, que participa con actitud militante en la formación de la opinión pública, que en fin, subraya sus rasgos propios frente a la masa y que está dispuesto a sacrificar su individualismo en aras de valores comunitarios superiores. No es hombre de protestas gratuitas o solemnidades falsamente revolucionarias. Busca la autenticidad a través de la resistencia a lo habitual, como un gerrillero schmittiano, aunque esta resistencia sea dolorosa y desgarradora porque se dirige, sobre todo, hacia el interior de sí mismo. En ocasiones también, su dramática existencia y el repudio de la sociedad demoliberal, le acercan a la revolución nihilista de los nuevos bárbaros. Este proyecto humano es aventura, destino no propuesto, la dimensión heróica y trágica del rebelde de Jünger, del nuevo hombre que resulta enormemente peligroso para el inmovilismo.

Extracto de: El Manifiesto

Dos milenios después y se continúa asesinando inocentes

Hoy, 28 de diciembre, se conmemora tristemente la matanza de miles de niños inocentes menores de dos años ordenada por el rey Herodes con el fin de eliminar a Jesús de Nazaret hace más de 2000 años.

Sin embargo, y ante la indignación que causa el recuerdo de este inhumano hecho, hoy en día continúa la práctica de asesinar criaturas aún no nacidas promovidas por los gobiernos en nombre de la libertad y el progreso.

Se constata así la verdadera naturaleza asesina del sistema democrático capitalista que rige el mundo. Al parecer, no tiene suficiente con ser causante y sustentador de todas las guerras y genocidios en el mundo, sino que legitima el asesinato de seres humanos antes de su nacimiento de manera inducida y premeditada, y todo en favor de… ¿la libertad? ¿el progreso?

Quien no respeta una vida humana ni comprende las leyes de la naturaleza, no es digno de ser libre; y si se entiende unánimemente el aborto como una forma de “progresar”, la Humanidad está condenada, sin lugar a dudas, a su propio colapso y destrucción.

Lo natural y libre, es entender la vida humana como el máximo principio a defender anteponiéndolo a todo lo demás para garantizar la perpetuidad de la especie en el mundo (como cualquier animal hace instintivamente con sus crías) y conseguir, de esta manera, que pueda existir un verdadero progreso, donde tengan cabida los seres humanos, por contra del libertinaje autodestructivo que nos vende el sistema ofreciéndonos drogas y facilidades en el aborto con un falso tinte de progreso y libertad.

Problemas de Identidad, problemas del Ser.

La deshumanización del ser humano está en proceso. Al parecer, nadie es capaz de verlo, pero la cuestión es que la Humanidad se encuentra actualmente en un punto de inflexión en su desarrollo evolutivo.

Sin duda alguna, echando una mirada hacia atrás, podremos ver cómo, sobre todo en estos últimos dos siglos, ha tenido lugar un desarrollo tecnológico tan sofisticado que ha sido capaz de eximir al hombre de estar sujeto a prácticamente todas las leyes naturales a las que antes rendía cuentas todo ser viviente. Esta capacidad técnica ha sido la culminación de un desarrollo evolutivo intelectual llevado a cabo durante más de 3 millones de años.

Es incuestionable la excepcional labor que ha tenido la naturaleza al otorgar al Hombre, la especie privilegiada, una facultad que ha sido capaz de desembarazar a éste de ella misma. Y a la vista está: las grandes ciudades, los medios de transporte, los de comunicación, la sanidad… la mayoría de nosotros pasamos los días sin prácticamente rozar ni ser influidos por ningún elemento natural. 

Sin embargo, en este sensacional camino el hombre ha extraviado algo que antes era inherente a él, algo que, durante estos últimos siglos se ha ido desvaneciendo a medida que aumentaba su habilidad técnica y eran hartadas sus necesidades más primarias. Algo que era fruto en principio de su inteligencia, su capacidad social, de coordinación con demás semejantes, de su naturaleza. A ése algo el hombre le debe haber llegado a donde está, y su pérdida producirá que su fascinante avance respecto a las demás criaturas no pueda continuar como ha hecho hasta ahora. Esto es, su identidad.

Este mundo globalizado y la sociedad de consumo han extirpado al hombre el más preciado de sus seres: el hecho de ser quienes son, el poder diferenciarse del resto, de poseer un auténtico yo, de tener respuesta ante la pregunta “¿quién soy?”, de poder situarse a si mismo en la naturaleza, de tener conciencia de su ser.

Y ya no es que en la sociedad actual esté infravalorado el hecho de “poder ser”. Es que, de alguna manera, está mal visto, es intolerado y muchas veces aborrecido.

Las primeras sociedades humanas se formaron para satisfacer las primeras necesidades del ser humano. La coordinación consciente entre éstos permitió que consiguieran lo que individualmente habría sido imposible para ellos. Y es en este momento de la Historia cuando, gracias al establecimiento social, surge la cultura. Esto implicó que brotaran las primeras manifestaciones artísticas y técnicas, así como el lenguaje y los valores. A partir de aquí, el homínido empieza a ser Hombre, comienza a comprender su situación, a entender que el uno no es nada sin el resto. La aparición de la cultura se debió a la necesidad explícita de transmitir todo su avance inteligente a los siguientes para garantizar su perpetuidad.

De esta manera, los diferentes grupos humanos comenzaron a forjar su identidad. La cultura característica de cada comunidad se lo otorgó. Empezaron a ser “estos” y “aquellos”, a ponerse nombres, a elaborar sus leyes, su lenguaje, sus mejores formas de organización y ponderar qué era o no beneficioso para su grupo.

La aparición de la identidad, por tanto, se debe a la cultura, y ésta a crear una serie de vínculos tanto físicos como intelectuales entre los individuos que conforman la sociedad para, en último término, poder satisfacer la mayor parte de sus necesidades.

Se podría decir, entonces, que la identidad del ser humano es fruto de algo que va más allá de la propia naturaleza. El ser humano es el único ser capaz de coordinarse con otros teniendo conciencia de sí mismo para obtener sus fines, y eso es porque es el único dotado de la inteligencia necesaria como para poderse ver a sí mismo en la naturaleza.

Bien es cierto que existen otras numerosas especies de seres que son capaces de colaborar entre sí y formar sociedades. Sin embargo, por contra, el ser humano tiene inteligencia. Es de lo que se sirve para crear su sociedad, a diferencia de por ejemplo las hormigas, cuyo método de comunicación se basa en una mera secreción química que muy lejos queda de la actividad lingüística y consciente del ser humano.

Ese es el origen, nuestro origen. El auge de un ser que ha sido capaz de orientarse y dar pasos hacia adelante hasta que se encontró con la obstrucción de un mundo globalizado tendente a la uniformidad.

Los seres humanos de nuestros tiempos, en mucho se diferencian de aquellos primeros hombres que, aunque frágiles y endebles en su fisonomía, consiguieron hacerse los reyes del mundo.

Actualmente viven en el mundo seis mil millones de seres humanos. Sin embargo, en esa estremecedora cifra se hallan tan solo unos pocos que, como los primeros hombres, tienen verdadera conciencia de sí mismos, son capaces de mirar hacia el cielo y comprender su situación en la naturaleza.

La razón de que se halla producido esta deshumanización entre los seres humanos corresponde al lucro que tiene el Gran Poder que dirige el mundo en anular al ser humano en cuanto tal.

Ese interés radica en que las cuatro manos que dirigen nuestro mundo detenten el poder absoluto, centralizado en ellas de tal manera que sea cual sea su voluntad se cumpla en cualquier momento y lugar. La ambición de esos tan pocos diablos es lo que está haciendo que la Humanidad y todos sus prodigios se arruinen y sea su camino la perdición.

La comprensión de esta situación es compleja y su superación constituye el mayor reto en la historia del Hombre.

El Gran Poder ha creado a lo largo de los últimos tiempos un modelo económico, social, científico y filosófico que se ajusta perfectamente a su plan de dominación total, y la sociedad de consumo es el resultado de sus pretensiones.

El mundo actual se nos es presentado como un mundo culminante, y si bien deja mostrar algunas imperfecciones a sus ciudadanos, serán siempre el objeto de remiendo inmediato. Los pilares sobre los que se jactan de afirmar que está asentado el Orden Mundial son la democracia, la igualdad y la justicia. Sin embargo, estas premisas quedan muy distanciadas de la verdad en la cual nos encontramos. Gracias a la globalización y al íntegro alcance de los medios de comunicación, todos los seres humanos somos contaminados con propaganda del Gran Poder sin apenas darnos cuenta: programas de televisión, radio, películas, prensa… Estamos sometidos a una completa manipulación lógica por parte de quienes pretenden anularnos. Y lo consiguen. Votamos a quienes nos muestran como más convenientes, compramos lo que dicen que necesitamos, firmamos lo que nos piden, damos el visto bueno a la existencia de guerras injustas, etc. En definitiva, somos sus esclavos. Sin embargo, lo somos sin ser conscientes de ello, pues la gran mayoría cree en su palabra y tiene la seguridad de que están actuando para preservar su en realidad ficticia libertad y librarle de unos males que los propios dueños del mundo han creado para atemorizar a su propio pueblo y crearle así dependencia del gobierno y sus ejércitos.

Por otra parte, orientan la ciencia y la tecnología a crear elementos de destrucción de naciones con el único fin de colonizarlas e imponer su modelo “perfecto” derrocando a un tirano que anteriormente ellos mismos colocaron, desintegrando así de un plumazo la soberanía de ese pueblo, su cultura y su identidad.

En el ámbito científico-filosófico, nos crean concepciones erróneas sobre nuestra propia naturaleza basando el paradigma científico en un nihilismo materialista que no atiende en absoluto a otras dimensiones del ser que no sean la puramente atómica. Quieren hacernos creer que nuestra esencia se halla en una molécula de ácido nucleico y depende única y exclusivamente de una mera secuencia de bases de nitrógeno. ¡Qué gran insulto a ese primer hombre, a cuya inteligencia y pericia hemos debido durante miles y miles de años poseer esa faceta creadora y consciente, característica y exclusiva de nosotros mismos, diferenciadora de todo demás ser existente!

Esta concepción de la naturaleza humana se transforma en un marco de pensamiento general completamente antifinalista y que contempla la naturaleza como algo en lo que impera el azar, en la cual nunca podríamos potenciar la más distinguida de nuestras facetas, y consecuentemente, estar carentes de destino y de razón de ser.

A la vista está el resultado de esta repulsiva operación: ¿qué porcentaje de personas sería capaz actualmente de contestar quiénes son, de dónde vienen y a dónde van en este mundo? Tristemente, uno muy bajo. De hecho, la gran mayoría de ya no solo jóvenes, adultos también, buscan “algo” con lo que intentar rellenar ese hueco que hay dentro de ellos, y el resultado no es otro que una serie de modas y corrientes estéticas generalmente importadas del extranjero que en realidad no se corresponden con lo que debería ser. Se crea así una sociedad dividida en tribus que a ninguna parte va. Y todo se debe a la ocultación de su verdadera identidad, que ha quedado rezagada en alguna parte de la Historia. El no tener sentimiento de Patria, el negar la cultura de nuestros antepasados y nuestras raíces nos convierte en el animal que antes fuimos. No nos une nada entre nosotros. Y, por ende, carecemos de todo futuro y de un verdadero progreso humano.

Parece ser que en la actualidad tener un ideal patriótico e identitario es algo arcaico, carente de sentido en el mundo de hoy, donde todo el mundo es libre y como tal puede desarrollar su propia personalidad como pretenda, sin estar sujeto a ningún tipo de moral preestablecida. Pero la verdad es que este individualismo tan defendido por los llamados “progresistas” lo que está haciendo es sumirnos en el mayor atasco en cuanto a realización humana que ha padecido el Hombre desde que es Hombre. En resumidas cuentas, en el no-progreso.

La Nación se comprende como una entidad que surgió con el objetivo de que unos pocos oprimieran a la mayoría para sacar provecho de su esclavitud, no como la cúspide de la pirámide del desarrollo social y coordinante entre humanos en la naturaleza para poder paliar en principio sus necesidades más básicas y posteriormente para poder conseguir su pleno desarrollo como ser humano.

La sociedad de hoy ya no entiende el principio por el cual el hombre consiguió ser realmente libre, por el cual consiguió determinar lo bueno y lo perjudicial, de establecer una serie de valores y una cultura que transmitir a sus descendientes para que continuaran con su ascenso en la montaña de la naturaleza. No se entiende que, para ser realmente individual, hay que concebir el grupo como lo primordial, porque el todo no es nada sin los unos de la misma manera que los unos no son nada sin el todo.

Así no vamos a ninguna parte. El hombre actual, incapaz de potenciar y dar rienda suelta a su creatividad ni a su ingenio, está condenado a vivir como un mero animal más. Su único anhelo será conseguir la mayor cantidad de satisfacciones terrenales en un mundo por él concebido como sin verdad ni rumbo. Sí, es cierto que se están consiguiendo cada vez más importantes avances científicos que alargan la vida, mitigan el dolor y facilitan las labores físicas. Pero, como ya queda explicado, son vertientes de la realidad que muy por debajo quedan de aquella que nos hace (o más bien, nos hizo ser) el ser más sublime y magnífico de la creación. Nuestra coordinación, nuestra cultura, nuestros valores y nuestra identidad, en última instancia, son lo que nos convierten en hombres, y en el ejercicio de negarlas y rechazarlas estamos condenándonos a nuestra propia deshumanización.

¿Existe un futuro?

Medios masivos de comunicación como Internet, de entretenimiento como la televisión, de transporte como los automóviles, electrodomésticos que nos facilitan el día a día… progreso.

Sin duda alguna, todos los avances científicos y tecnológicos de los que dispone el ser humano representan la culminación de una etapa evolutiva que ha transcurrido durante millones y millones de años. Y todos ellos han surgido en la última millonésima parte en la que podemos dividir el tiempo desde que los primeros humanos se distanciaron del resto de homínidos hasta la actualidad.

Pero, entre tanta agitación evolutiva en la que el ser humano tanto ha obtenido, también se han dejado escapar una cuantía inimaginable de cosas. Estamos en un mundo en el que los seres humanos podemos vivir sin preocuparnos diariamente de esas necesidades primarias como puede ser tener que obtener cada uno su propio alimento, o construirse uno mismo un refugio donde alojarse. En nuestra sociedad, ya hay gente destinada a ocuparse de esas tareas para que el resto pueda ocuparse de otras y construir así una comunidad eficaz en la que cada uno tiene un propósito y un deber para con el resto de ciudadanos. Y ésta ha sido la clave a través de la cual en una sociedad, han quedado individuos exentos de estas ocupaciones como son obtener recursos para saciar el hambre y conseguir un refugio, de tal manera que han podido dedicarse con más desahogo a otros menesteres, como el arte, la filosofía, la ciencia o la tecnología.

En el presente, la inmensa mayoría de nosotros vive en núcleos urbanos junto a otros miles o incluso millones de semejantes, donde cada uno realizamos nuestra labor social. En estos cúmulos poblacionales contamos con infinidad de comodidades que nos facilitan la vida; como los enormes edificios donde vivimos, dotados con electricidad, agua potable, etc.; o las calles perfectamente asfaltadas por donde circulan nuestros coches para que no tengamos la obligación de ir caminando de un sitio a otro. Y es la naturaleza social del hombre la que ha permitido este colosal progreso del que hasta hoy nos lucramos.

Sin embargo, todo este desarrollo de la civilización está conllevando progresivamente un mayor sacrificio de la faceta más natural del ser humano. A medida que el progreso avanza y la sociedad dispone de tecnologías más sofisticadas, el ser humano se desliga de la naturaleza, hasta el punto de actuar en su contra, perjudicándola y tratándola con desprecio. ¿Se ha de llamar, también a esto, progreso?

Efectivamente, el ser humano es un animal especial, diferente al resto. Gracias a esa capacidad innata de crear y aprovechar los recursos ambientales se ha coronado como el ser más poderoso del planeta Tierra.

Y como animal diferente, actúa de manera diferente.

Las ya conocidísimas y generalmente aceptadas teorías de Darwin postulan que el éxito en la supervivencia de una especie depende de su capacidad para adaptarse al medio en el que vive. El hombre, por su parte, ya no se adapta al medio en el que vive. El hombre adapta el medio en el que vive a sí mismo, conforme a sus necesidades. Es lo que se denomina capacidad técnica.

Esta dimensión en la esfera humana requiere sin lugar a dudas especial atención, ya que puede ocasionar (de hecho, ocasiona) multitud de cambios en nuestro medio que si bien a priori son favorables para nosotros, pueden ir en perjuicio de otros organismos terrestres y de la propia Tierra. No hace falta citar casos de los miles y miles de especies que se ha extinguido gracias a la actividad humana ni citar ejemplos de esos enormes impactos medioambientales que estamos provocando. Nos encontramos ante la sexta gran extinción masiva en la historia de la vida en la Tierra, y somos los únicos y exclusivos responsables de ella.

Y el gran problema, aparte de lo ya citado, es que este aprovechamiento ‘a nuestro favor’ del medio ambiente nos está perjudicando a nosotros mismos. Sí, nuestra adaptación del ambiente se está volviendo en nuestra contra dado que, a pesar de nuestra gran capacidad intelectual respecto a los demás seres terrestres, dependemos del planeta que estamos deteriorando tanto como ellos. Y esto es algo que no se tenía en cuenta hasta hacebien poco. Y sin embargo, a pesar de tener consciencia del daño que nos estamos haciendo a nosotros mismos y a nuestros descendientes, no parece que tengamos la iniciativa de intentar cambiar absolutamente nada de lo que estamos haciendo. Recae sobre nosotros la responsabilidad sobre el futuro ya no solo de la Humanidad, sino de toda la vida conocida en el Universo, la existente en nuestro planeta.

Mientras nuestros gobiernos de jactan de hacer campañas de sensibilización ciudadana y de promover alternativas a favor de obtener un desarrollo sostenible, ellos continúan sin hacer prácticamente nada en contra de esta barbarie. Está claro que ninguno de sus teatrillos, como las reuniones del G-8 o el Protocolo de Kyoto, están dando resultados. Al contrario. Estados Unidos sigue siendo el responsable, como mucho antes de haberse promulgado la creación del Protocolo de Kyoto, de emitir a la atmósfera más de la cuarta parte de las emisiones del dióxido de carbono mundial. Mientras, por su parte, China e India multiplican exponencialmente su nivel contaminación industrial como consecuencia de su imparable desarrollo económico.

¿Y cómo se puede acabar con todo esto? ¿De quién depende?

Evidentemente, los gobiernos actuales poco dispuestos están a tomar medidas ante este cataclismo a nivel mundial. Pero cada uno de nosotros, individualmente, podemos reflexionar acerca de nuestro futuro, cada vez menos lejano, y responsabilizarnos sobre lo que consumimos y a quién elegimos para nuestra representación política. O, por otra parte, podemos mirar hacia otro lado haciendo caso omiso del nefasto devenir que concierne a todo modo de vida existente, mientras la Tierra llora.